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Grandes esperanzas

Por Joaquín Campos

 

Contar lo que no puedo contar

 

La tecnología –si además posees memoria en tu cerebro, de la verdadera– te permite elegir tu asiento cuando previamente habías comprado un vuelo con tu tarjeta, en mi caso de débito. Algo así como esos vecinos de pueblos con solera y escasos habitantes, que mucho antes de estirar la pata, ya saben en cuál nicho del cementerio van a incrustar su ataúd. Yo me lancé a tal ventaja tres meses antes de que descubriera que junto a mí, y en ese vuelo París–Saigón, iba una señora mucho más que oronda que a causa de su extrema obesidad se veía obligada a posar su antebrazo izquierdo sobre mi pectoral derecho, a pique de asfixiarme. Y yo, que mido 1’91, y que me apresuré a pillar ese sitio porque era de pasillo, no podía aceptar trece horas de vuelo opresivo en donde, para más inri, la señora olía fatal.

 

Sin entrar en asuntos sexistas, racistas y demás monsergas llegué a una conclusión. Y fue nada más despegar: era imposible que hubiera podido aguantar siquiera un cuarto de hora más en esa celda injusta. Por lo que tras accionar el botón que reclama a una azafata me vi en la obligación de, haciendo aspavientos y gestos faciales evidentes, advertir al muchacho uniformado con el logo de Air France que o me buscaba otro sitio o me iba a dormir a uno de los aseos. Textualmente. La señora oronda amenazó con entrar en cólera. Pero yo no estaba para debates. Si se sintió humillada más feliz se debió sentir cuando le dejé mi lugar libre. Regalado. Con la mantita de Air France aún sellada, por si tenía frío.

 

El azafato me advirtió que el único asiento libre estaba muy atrás y que en él no había posibilidad de ver películas u oír música ya que el monitor correspondiente estaba inservible. “Me dan igual las imágenes. Sáqueme de aquí”, le dije, justo antes de seguirle y meditar qué grandes esperanzas tuve puestas durante las últimas semanas soñando con qué persona, a poder ser fémina, atractiva y preparada, iba a yacer a mi derecha. Cuántas ilusiones se fueron al vertedero –antiguamente llamado traste– con aquella señora gorda que se puso a roncar antes de que el avión enfilara la pista de despegue y que me dejó huérfano, desvalido, en un paseíllo hacia el fondo de una aeronave donde por una vez tuve suerte: el asiento vacío tenía sólo un vecino, en este caso vecina, que seguro era francesa por la mala leche que nos regaló al azafato y a mí nada más comprobar que las trece horas restantes las iba a pasar, en vez de a solas y estirada –medía 1’54: suficiente–, junto a un español desaliñado al que nunca terminó de aceptar como pareja de baile. Porque en el fondo, el avión es lo más cerca que están algunos de dormir al lado de una supuesta pareja. Que imagino que muchos pagarían por exactamente lo mismo, pero en los sofás de sus hogares, en otra muestra del avance del ser humano cada vez más lejano a su auténtica e inviolable perversión. Imagino a Emily, que así dijo llamarse, reservando su asiento, tal como hice yo, y celebrando, tras el despegue del avión, que iba a realizar todo el trayecto con comodidades parecidas a las que habría tenido en clase ‘business’. Pero no se hizo la miel para la boca del asno.

 

Las esperanzas de un tipo normal, como yo, sin carnet de conducir ni herederos de sangre, que no conecta con las nuevas tecnologías ni se abre perfiles en redes sociales buscando a mozas desesperadas, se reducen a ensoñar con la posibilidad de que alguien interesante tome asiento a mi lado durante un vuelo que en compañías físicas y psíquicas no adecuadas pueden resultar copias exactas de lo que debe ser el mismo infierno.

 

Tras seis horas de viaje a Emily no le quedó más remedio que dirigirme la palabra: se debía de estar orinando encima además de que el síndrome de la clase turista podía estar atrofiándole ambos pinreles. Yo, muy gustoso y sinceramente caballero, le abrí camino quedándome de pie en un pasillo insoportablemente repleto de piernas y cabezas colgando, en lo más cercano que suelo asociar al video de Thriller cada vez que cojo un vuelo transoceánico. Cuando creía que me lo iba a agradecer me conminó a volver a mi asiento: “Voy a estirar las piernas. No sé cuándo volveré”, me comentó, con un inglés perfecto, rara avis en Francia, vacilando en demasía, ya que a Toulouse no podía ir, además de a Pamplona. Mayor que ella, no tardé en urdir una nueva estrategia, haciéndome el dormido con media cabeza sobre su respaldo. Que fue tocarme la pierna izquierda y pegar un salto exagerado, que ponía en duda o que yo hubiera estado durmiendo o que directamente conociera lo que es la vergüenza ajena. Pero a partir de ahí, mano de santo.

 

¿Cómo te llamas?

 

Emily.

 

Yo soy Joaquín. ¿Eres francesa?

 

Sí. De París. Aunque mi padre es vietnamita y voy a buscar mis raíces.

 

El desempleo hace estragos en Europa. Que con la excusa de las raíces una se recorre medio mundo con una mano delante y la otra detrás. Y gentes como Emily se tienen, con 30 años, que salir a buscar la vida a países donde las imposiciones occidentales siguen interpretándose a pedradas. Y es ahí donde los impostores foráneos entramos en escena: yo te enseño mi cocina mediterránea y tú le metes cuatro cláusulas leoninas a ese contrato de alquiler. Luego los nativos se enredan con el traje y la corbata, sacan a pasear el iPhone, y se ponen a hablar en un inglés desconocido. Por lo de forzar el acento hasta la extenuación. Porque en el fondo casi todos hablan el inglés que Lady Gaga interpreta en sus basurescos video-clips de la MTV.

 

La relación entre Emily y yo, cuando aún restaban cinco horas y pico para aterrizar, fue tomando cuerpo, que es en ese mismo instante cuando yo me pongo a echar toda la carne en el asador hablando de travelos, soltándome la melena sudada, y pidiendo otra de vinate: un mejorable Pays d’Oc. Luego te traen el desayuno y te quedas con cara de auténtico alcohólico: “Debe ser el jet-lag”, le dije mientras se untaba la mermelada de fresas sobre un pan con piedras de mantequilla escasamente esparcidas encima de la miga.

 

Emily era abogada, insolente, dormía como un bebé, y aunque guapa, era mucho más insoportable que atractiva. Al menos en las últimas horas de vuelo supe de sus amores –todos desamores– y de su aprensión a ciertos temas: iba envuelta en un jersey y una cazadora, además de haber ingresado los pies en unos calcetines gordos sumados a la manta que cede la compañía aérea que hacía de brasero, que cuando le pedí otra manta que seguía precintada junto a su asiento –yo iba descalzo y en manga corta– y me mandó a freír espárragos: “Creo que la voy a usar. Pídesela a la azafata”. Por un momento me la imaginé en las costas españolas atendiendo a los subsaharianos que llegan casi sin vida, y congelados, tras habérseles partido su cayuco en pleno temporal de otoño. “Faltan mantas para los inmigrantes, que la señorita Emily tiene frío”, diría un oficial de la guardia civil. “¡Pero si estamos a treinta grados!”, contestaría el cabo Perales, hurgándose la nariz a sabiendas de que nadie le grababa.

 

Cuando el Boeing 777 se aproximaba a su meta Emily me prometió ayuda en mi intento de escaparme del aeropuerto de Saigón. Debo informar que aterrizábamos a las siete de la mañana y que mi enlace a Phnom Penh partía nueve horas más tarde. Según la parisina endiosada hija de vietnamita todo sería coser y cantar: “Le dices que le vas a dar dinero y te hacen el visado”. Y eso fue lo que le comenté al agente de fronteras vietnamita. Casi me detienen. Debía tener una cámara vigilándole tras sus espaldas o directamente al supervisor debajo de la mesa, junto a sus pantorrillas. O acababa de confesarse. Por lo que me di media vuelta haciendo cola entre los que teníamos vuelo de conexión. La gorda a la que dejé a solas en el avión iba delante, por lo que cedí un par de lugares tratando de no volver a caer en los mismos errores, rezando porque en mi vuelo a Phnom Penh o no volara o al menos, lo hiciera en la antípoda de mi asiento, asumiendo que ese lugar fuera la bodega de la aeronave. Mientras barruntaba con esa extraña posibilidad volví a poner el piloto automático de las grandes esperanzas, esperando que alguna princesa que ya había reservado asiento con antelación tuviera la inmensa suerte de ver mi cuerpo serrano a su lado. Porque del vuelo corto, el Phnom Penh–Saigón, no había reservado asiento y esta vez era yo el que jugaba a una lotería con el esfuerzo de los precavidos. Mientras desganado hacía cola se me acercó alguien a hablarme en francés. Creo que hasta la miré mal. Pero contesté. Luego recordé que ya la había visto en la terminal del Charles de Gaulle. Y su cara era un milagro. Verdadero.

 

 

Joaquín Campos, 25/10/14, Phnom Penh.

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