03 Octubre 2016

Humo rojo, Capítulo 11. Interludio

Tamaño de texto: A | A | A

INTERLUDIO:

ROMA, 1901

 

 

 

MAXIMILIEN DE BETHUNE-ORVAL

 

 

 

28 de agosto de 1901

 

Entonces no lo sabía; ayer, cuando comencé. No entendí por qué escribía, aunque lo hiciera. Gaetano Bresci apareció muerto en su celda. Dicen que se suicidó; ni lo creo ni importa. No es un motivo, no estrictamente, pero sí una coincidencia temporal. Hace un año que se marchó solo de esta casa, directo a Monza, y le pegó tres tiros en la calle al rey Umberto: uno se alojó en un pulmón, otro en el corazón. Erró el tercero. No nos conocíamos, Bresci y yo, actuaba como mensajero de otra persona, de alguien de mi pasado. El paquete venía en una cajita de madera; con el cuchillo de campaña el remitente le habría tallado el escarabajo de la tapa. Dentro había una bala del 44 de un revólver Colt hueca y arrugada después de una mala detonación. “Él estaba seguro de que seguirías vivo”, me dijo Bresci. Habían pasado casi cuarenta años desde que nos despedimos en un puerto al otro lado del océano. Conservaba el recuerdo de Samuel Brand durmiendo en la trinchera antes del fuego cruzado, con las manos negras por la pólvora desprendida y negras marcas en la cara, de haber usado sus manos para secarse el sudor. “Los escarabajos sobreviven entre la mierda, tú y yo somos escarabajos”, solía repetirme. Incluía una nota de caligrafía vacilante escrita en francés: “Ahora que somos viejos, la muerte queda más cerca”, comenzaba diciéndome. Quería corroborar que respiraba, buscarme como quien necesita un espejo. Solicitaba que cuando intuyera que mi final acaecería pronto se lo notificase; me enviaba el proyectil recordándome que le debía la vida, que tal vez nuestros hálitos fueran un hecho recíproco, consecuencia el uno del otro, y ahora se hubiera convertido en una competición: quién se marchará primero.

Samuel Brand procedía de una familia de pobladores franceses de la Luisiana, asentada en Nueva Orleans desde antes de la compra del territorio por parte del gobierno americano. Según me contó Gaetano Bresci, trabajó para él en una pequeña comunidad de Nueva Jersey y éste le había mencionado más de una vez que le recordaba a otro italiano que conoció tiempo atrás. A mí. Sólo a Samuel Brand le confió Gaetano Bresci su intención de volver desde EEUU para vengar a su hermana, muerta en las manifestaciones del 98 en Milán. “Me pidió que pasara por Roma y te entregara esto”. ¿Cómo supo dónde encontrarme? Le había dado instrucciones precisas; apenas existo en Roma ni me conoce nadie y un hombre, desde tan lejos, había logrado que dieran conmigo. Que mis pasos resultaran predecibles. “Abórdalo en el cementerio, junto a las tumbas de unos Duques muertos en 1848. Aparecerá.”

A mi vuelta a Roma, hace treinta y seis años, hay dos cosas a las que tardé en adaptarme: sentarme en una silla y dormir en una cama. En la guerra, sólo los capitanes tenían silla; la cama me resultaba demasiado blanda para dormir. Pasé muchísimo tiempo sentado o tendido para descansar en el suelo de una habitación vacía de muebles. No escribía entonces. Apenas me cruzo ya con miradas que no hubiera recopilado antes, no llegan a mí personas nuevas; me asaltan en la memoria ojos como los de Gilles o Raffaele, del pasado; como los de Samuel Brand: calmos, uno ojos capaces de apaciguar hasta la violencia de los recuerdos. Tampoco he querido escribir sobre eso.

Ayer no supe ponerle nombre a esta necesidad, a las páginas resultantes de lo que escribo. Aunque yo, precisamente yo, sé lo poco que significa un nombre. No hay nada detrás. Pareciera que lo que no tiene nombre no existe, que pasa a cobrar entidad cuando lo nombramos. Mentira. Es precisamente lo que no lo tiene o se halla entre la indefinición de dos o varios lo únicamente verdadero. No son unas memorias, nada que haya hecho merece la pena que trascienda. Escribo porque el ejemplo de Gaetano Bresci me obliga a escribir, su suerte. Él ha muerto y yo no. Bresci asesinó al rey Umberto, cumplió la raison d’être que había escogido o le había sido designada. Si hubiera sobrevivido, si su acto hubiera resultado como cualquier otro y caído en el olvido, habría terminado por sentir que no mereció la pena. No tendría por qué levantarse otro día. Escribo atesorando la esperanza de morir antes que Samuel Brand, de contar y que él lea estando yo bajo tierra, en la tumba que me aguardaba desde niño.

La cárcel fue para mí la única libertad. Necesitamos la habitación estanca, la piedra sin ventanas, la humedad que contiene y el encierro, para entender la consecuencia de nuestra decisión. La muerte, la nuestra propia, como confirmación de la victoria sobre lo que una vez deseamos alterar.

Yo siempre he persistido, he seguido respirando. A veces pienso que cuando sobreviví a mi familia, siendo un crío, fue cuando en realidad morí; que lo demás que ha llegado ha sido solamente una inercia errática. Cada vez que he superado un escollo en el que otros han perecido, he ido perdiendo fracciones de vitalidad, de mí mismo. He continuado adelante por una fuerza motriz ajena a mi voluntad. Al abandonar la celda quedé pendiendo de un limbo donde las únicas fronteras: mi muerte o la de mi enemigo; estaban a idéntica distancia. No fui yo quien eligió. Ni la una, ni la otra. La venganza es una última bala que debe acabar con el objetivo, pero también con el tirador; de lo contrario sólo quedará el metal hueco y arrugado.

Compartir

ImprimirImprimir EnviarEnviar
Inicie sesión o regístrese si quiere identificar sus comentarios.

ISSN: 2173-4186 © 2020 fronterad. Todos los derechos reservados.

.