Primera sesión de Guión con Gioachinno di Blasi, el primer operario de la Fábrica de Cine Sin Autor. Aparece junto a Gerardo Tuduri, uno de los fundadores de la asociación. Foto: Asociación Cine Sin Autor

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    Morir dos veces: Adagio en tres secuencias sobre el deseo de la eutanasia

    Olga Hueso - 22-08-2013

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    29 de mayo. Tres integrantes del colectivo Cine sin Autor doblan la esquina de la plaza de Legazpi con el paseo de las Delicias de Madrid. En la entrada del metro se topan con un ciego que vende cupones de la ONCE (Organización Nacional de Ciegos), que accede a ser entrevistado bajo cámara. Encuadran al vendedor. Y en plena conversación, zas, se interpone entre la cámara y el invidente un octogenario haciéndose el distraído: “Ay, lo siento, lo siento mucho. Uy, pero, ¿qué estáis haciendo aquí? […]”

     

    Y así, quizás por casualidad, Gioacchino di Blasi entró en plano. El primer plano del largometraje que el mismo dirigiría sobre su propia vida, pero también sobre el derecho a elegir cómo y cuándo morir. 

     

    —Bien, toma 18 y acción –una palmada sirve de claqueta y entonces el micrófono unidireccional se dirige al hombre que siempre consigue lo que quiere y que sonríe a la cámara con todos sus dientes y dos fundas de oro.

    —¿Cómo se llama usted?

    —Gioacchino –dice éste bajo un gorro beige de lluvia, unas gafas de sol de aviador y un pañuelo azul al cuello, de marinero.

    —Bien, Gioacchino, la pregunta que le hacemos es muy sencilla: si usted pudiera dirigir y decidir un película, ¿de qué tema iría?

    —Que dejaría a los viejos libres de morirse cuando quieran –sus labios curvos bajan, pero rápidamente vuelve a tensarlos–. La autanasia, vaya. Daría la autanasia. Como hacen los países civilizados. Cuando uno ya ha terminado, se ha casado, ha hecho un hijo, ha plantado una planta, ha escrito un libro. ¿Qué quiere más? ¿Me entiende?

    —Así que eso es lo que desea usted para sí –indaga Gerardo, el teórico de Cine sin Autor, un uruguayo solitario que se resguarda tras una perilla blanquinegra y bajo un gorro con visera, pero que curiosamente siempre está rodeado de gente.

    —Sí, morirme dignamente.

     

    La Fábrica de Cine sin Autor, instalada en el Matadero, es un colectivo de creadores audiovisuales que, en pocas palabras, permite que la gente corriente se lance en primer lugar a imaginar de forma colectiva y, en segundo, a hacer cine. Ese día, tres de sus integrantes salieron a la calle a buscar historias. La encontraron.

     

    —¿Se metería entonces a hacer la película con nosotros? –lanza Gerardo.

    —Sí –contesta con decisión Gioacchino.

    —Nosotros nos ponemos al servicio de la gente y la gente es la que determina tanto los temas como los personajes, como las escenas...

     

    Casi sin dejarle acabar, Gioacchino le contesta:

     

    —Estaría disponible –y añade, burlón– no está mal, ¿no?

     

    Giaocchino era un hombre de ideas claras, capaz de interrogar a las camareras de cinco cafeterías diferentes en busca de un espresso a la altura de su paladar italiano. Les contó media vida en cinco minutos: que de pequeño iba para cura, pero le echaron antes de tiempo; que cuando estaba herido en la guerra se enamoró de una dentista­; que una vez había sido multimillonario…

     

    —Esto se puede meter en la película, ¿no? –pregunta a sus interlocutores mientras comprueba si ya están suficientemente asombrados.

     

    …que había estado casado tres veces, que había tenido hijos con las tres –y suelta una risa traviesa–, que estuvo viviendo 15 años en Suiza con su primera mujer, que tenía un contacto que le iba a publicar un libro…

     

    —Etcétera, etcétera, etcétera –dice cuando parece que ha cautivado a su público–. Ya está, ¿no? ¡No te puedo contar toda la película!

    —Póngale un título a la película –concluye Gerardo.

    —¿El título? –sonríe divertido.

    —Sí, y ya terminamos.

    —El título es complicado… –parece dudar.

    —Después lo cambiamos.

     

    Aunque era finales de mayo, y los madrileños ya estuviesen contando los días que les faltaban para irse a la playa, Gioacchino, que tenía la cara surcada de arrugas, una arruga por cada camino que había tomado en la vida, llevaba un jersey de manga larga y un gorro de lluvia.

     

    —Luego lo puedo cambiar, ¿no? –pregunta mientras se chupa los labios. Sin esperar respuesta, dice: podemos meter este: A ver si contamos la verdad.

    —Perfecto, muchas gracias.

     

    Dani, el cámara, largas rastas rubias, alemán e hiperactivo, apaga la grabadora. El set se disuelve, Gioacchino ya no es más el protagonista de la película de su vida, ya no está en Suiza ni en Capri ni en la guerra. Vuelve a estar en Madrid, en la plaza de Legazpi, donde no es más que un viejo con una gorra absurda.

     

    —Te tomamos los datos y ya… –le dice Gerardo.

    —¿Cuándo empezamos?

     

    Quedaron a la mañana siguiente. A las 11 en Matadero. Gioacchino llegó puntual, y esperó al equipo media hora, sentado, elegante y sin gorra. Cuando llegaron, les dijo: “Habéis llegado tarde”.

     

     

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    5 de noviembre. Uno de los primeros días que empecé a frecuentar la caseta como colaboradora, allá por septiembre, llegué más temprano de lo normal al local de Cine sin Autor en el Matadero y me lo encontré allí esperando. Para hacer tiempo me contó que había estado en Vietnam combatiendo. Tiene un agujero de bala en el brazo. Me dejó tocarlo. También que había seducido a una refugiada política polaca cuando estaba en Venecia con el ejército. Se fue a vivir con ella a Varsovia y una mañana se fue sin decirle nada. O la historia del collar que encontró en Argelia, cuando sirvió en la Legión Extranjera, y más tarde vendió a un judío que había estado en Auschwitz. O cuando era marinero en Capri y saltaba desde acantilados para sorprender a los turistas.

     

    Gioacchino es el primer usuario de la Fábrica de Cine sin Autor. Lleva haciendo su peli desde verano, con él hemos rodado más de seis escenas además de todas las sesiones de guión que están registradas. Se reproducen en las pantallas que hay desperdigadas por la nave del Matadero. A él le encanta eso. Se ve guapo, y lo es, aunque tiene 78 años. Él me miente y me dice que tiene 80. Me recuerda a mi yayo.

     

    Gioacchino casi siempre habla de su pasado, pero un día llegó tempranísimo al Matadero a una sesión de guión, con una sudadera blanca con capucha, hablando sobre su futuro. Se empeñó en que David, el fotógrafo de Cine sin Autor, siempre tranquilo, le hiciera un montón de fotos con esa sudadera. Gioacchino decía que le hacía sentirse joven. Después empezó a hablar de la muerte con Gerardo. Por aquel entonces era con el que más afinidad tenía. Y por supuesto, lo grabamos:

     

    Gioacchino: Yo tengo el lugar donde poder morir dignamente.

    Gerardo: ¿Dónde es?

    Gioacchino: Dentro de mi coche.

    Gerardo: ¿Te imaginas hacerlo en algún lugar de Madrid?

    Gioacchino: Sí, la cosa más fácil del mundo. Te vas… Coge una mapa donde te quieres marchar, hay sitio fantástico, sitio de bonito donde hay bosque y cosa así, meterte dentro en un sitio de estos. Escuchar una buena música, tomarte lo que tiene que tomar, para que tu duerma un poquito y gas hace todo el resto.

     

    Hoy hemos ido a Manzanares El Real. A grabar el suicidio de Gioacchino. Esa era la manera en la que a él le gustaría irse y hemos decidido rodarla. 

     

    El Volvo 740, con Gioacchino al volante y algunos de los integrantes de Cine sin Autor, me ha seguido todo el camino desde Legazpi hasta un desvío en el que me he confundido. Cuando he llegado al pueblo con mi Megane Coupé, el Volvo gris perla ya estaba allí aparcado.

     

    Después hemos hecho alguna toma dentro del coche, él conduciendo con gracilidad, cogiendo el volante con decisión con sus manos arrugadas. De fondo, un salpicadero decorado con un montón de pegatinas de margaritas y una ovejita colgada del espejo retrovisor que parecía que bailaba con las curvas del puerto de montaña. “Me gustan mucho las flores”. Me dice: “Le da un toque alegre, ¿No crees?”. Gioacchino ha elegido un look elegante para suicidarse: una chaqueta beige, un jersey gordo azul marino, una camisa amarilla, su característico pañuelo marinero anudado al cuello y encima una bufanda de cuadros. El pelo blanco bien repeinado hacia atrás.

     

    Ya adentrados en el bosque hemos aparcado los coches (el mío y el de Gioacchino) en una orilla bonita del río Manzanares y el bullicio del rodaje ha irrumpido en el silencio de La Pedriza. El prota de la peli está más callado de lo normal, pero dirigiendo la escena meticulosamente aunque dejándose aconsejar, como siempre.

     

    Dani le graba con la 5D acercando el coche al río, saliendo a contemplar el discurrir del agua, metiendo una manguera en el maletero que ha insertado en el tubo de escape y ha sellado con cinta americana, quitándose la chaqueta mientras camina encorvado hacia la puerta, entrando en el coche. Está emocionado y respira con mucha dificultad. Yo siempre he pensado que parece un pez fuera del agua. Un marinero muy lejos de su mar.

     

    —¿Estás bien?

    —Sí, sí.

    —¿Seguro?

    —Sí.

    —A ver si te nos vas a morir de verdad…

     

    Ríe. Nosotros también. Nos hace realmente gracia porque para nosotros Gioacchino es un ser indestructible que ha pasado por muchas vidas y se ha inventado mil personajes. Giacchino no puede morir, es como ese héroe que siempre se reirá de la muerte y le dará esquinazo. Ya lo está haciendo, grabando esta escena.

     

    Él decide las acciones, nosotros discutimos los planos que nos parecen más adecuados para plasmar lo que él quiere contar y luego se lo enseñamos en la pantallita de la Canon. Mira la escena con sus ojos negros, atrayentes como el final de un pozo, y asiente en señal de aprobación. Nos dice que tiene frío. Manu le presta un enorme pañuelo que le ponemos por los hombros. Él se lo coloca por la cabeza y se vuelve a reír.

     

    —¿Estás preparado para la última escena de tu peli, Gioacchino?

    —Sí.

     

    Pero como ocurre en todos los rodajes, cuando llega el plano más importante, algo se rompe. Ésta vez la grabadora. Un lío de cables y de opiniones de los técnicos y de los no tan técnicos: “Enchufa eso ahí”, “¿Seguro que tiene batería?”. Gioacchino no opina de aparatos. Es curioso. En su vida la parte frágil de las relaciones siempre han sido los demás, nunca él. Con nosotros, no. Nos necesita, o más que necesitarnos, confía en nosotros para hacer su peli, y aunque se queja cuando llegamos tarde o no le prestamos demasiada atención, en el fondo sabe que no tiene derecho y nace en él una humildad inaudita. Mientras los demás discuten alrededor de la grabadora, veo por el rabillo del ojo que empieza a tiritar y le insto a que se meta en el coche. Le acompaño, ponemos la calefacción.

     

    —¿Crees que me venderán esta radio? –me dice mientras señala una Telefunken que ha traído una de las chicas de arte de casa de su abuela. Le digo que no creo, pero él se empeña en que es muy bueno regateando. Ha dejado de tiritar. Seguimos hablando.

    —Una vez tuve cáncer, estaba de viaje de negocios, me curaron en el mejor hospital de Francia...

     

    Aunque le cuesta hablar me cuenta que él no tiene miedo a la muerte. Y sin embargo hoy, diciendo algo tan valiente, le veo más delicado que nunca. Es miembro de la Asociación Derecho a Morir Dignamente. Le pregunto por su familia, que qué opinan de la escena. “No lo saben”. Y, después de pensar: “Yo quiero a mi familia, pero no quiero que sufran por algo que es natural”.

     

    Cuando la grabadora se arregla (o mejor dicho, es arreglada) todos nos ponemos en nuestros puestos y alguien grita acción. “Escena del interior del coche, toma uno”. Gioacchino sabe lo que tiene que hacer. Actúa con la naturalidad del que lleva toda la vida haciendo de su persona un personaje cinematográfico, de su vida un guión que él mismo ha escrito y que abarca todo tipo de géneros. Abre la puerta, deja el abrigo detrás. Dani y yo recibimos el abrigo. Estamos sentados en los asientos de atrás, en la primera fila de su suicidio. Nerviosos. Dani lleva la cámara y yo una barrita de incienso que funciona como metáfora del gas que inundará en unos instantes los pulmones del siciliano. Gioacchino entra con calma, casi con una frialdad que asusta y se sienta. Busca en los bolsillos una tableta de pastillas, las saca una a una mientras hace esfuerzos por respirar. Cuando las tiene todas en la palma de la mano tira el plástico, vacío, ya inútil, con violencia, al salpicadero, y se las mete todas en la boca. Mientras las mastica, pulsa con el dedo índice un botón de la radio y comienza a sonar su composición preferida: Adagio para cuerda y órgano en Sol menor, de Albinioni. Acto seguido gira con decisión la llave del coche y empieza a sonar un pitido repetitivo, como un chillido. Como si el propio coche gritara: “¡Detente, no lo hagas!”. Gioacchino hace caso omiso, se acomoda en el asiento del conductor, y el pitido deja de sonar. Cierra los ojos saboreando el sonido de arco rasgando las cuerdas del violín y un hilo de humo comienza a penetrar tímidamente en la cabina. Su pecho sube y baja, y cuando acaba de tragar los trozos que le quedan de pastilla entreabre la boca para tomar las últimas bocanadas de un aire envenenado….

     

    La cámara se sitúa frente al cristal frontal del coche. En el plano, vemos a Gioacchino sentado con los ojos cerrados y la cabeza apoyada en el respaldo… Comenzamos a alejarnos… La cabeza de Gioacchino cae. Descubrimos un camino que se adentra en el bosque, detrás del coche gris… El Volvo cada vez está más lejos. Más lejos. Desenfocado. Fundido a negro.

     

    Y así, con la pantalla en negro, nos quedamos a solas con Albinioni.

     

     

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    18 de enero. Ha llegado el gran día, Gioacchino. Estamos en la Sala Azcona de la Cineteca del Matadero que tiene 239 butacas. La sala está repleta y aún sigue entrando gente. En esta misma sala pasan películas candidatas a los Oscar, documentales de Patricio Guzmán y hoy, en el primer visionado de la Fábrica de Cine sin Autor, pasan la tuya: Más allá de la verdad

     

    Hace pocos días cambiaste el título. En ese cuaderno negro que te acompaña a todas partes, en el que garabateas, coleccionas recetas, frases y dibujos (en un afán por conservarlo todo), hiciste una lista de posibles títulos y te diste cuenta de que A ver si contamos la verdad no era lo suficientemente preciso. La película había cambiado, la película te había cambiado. Reíste y reímos, pero también lloraste y lloramos, y nos sorprendimos mutuamente en un camino que ni por asomo intuíamos aquel soleado mediodía de mayo cuando preguntamos a un desconocido: “¿Y tú qué película harías?...”. ¿Te acuerdas?

     

    Apagan las luces y comienza la función, como con los Lumière. Comienza la magia. Estamos nerviosos. Te busco entre las caras de la gente por última vez, y te encuentro en la cara de Gerardo, que está postrado ante el público, juguetea con un micro, como siempre que le va a tocar presentar; en la cara de Eva, arriba, de pie, en la fila 18, oculta, pero siempre presente. En la cara de David, una vez más tras una cámara con estativo. En la de Dani, que está en la sala de control, controlando, como sólo él sabe hacer. Davide está en Italia, pero como si estuviese aquí.

     

    Ahora, en la gran pantalla, aparece una de las escenas que reconstruimos, rescatada de los recuerdos de tu infancia. Aquella monja mala que te golpeaba con una vara por ser zurdo. Es un pasaje claustrofóbico, rodado en el espacio de Cerrado X Obras, del Matadero, con una enorme producción. Un regalo que te hacía Cine sin Autor, pero también que se hacía a sí mismo. Tú dirigiste a los actores mano a mano con Dani. Vigilabas y asentías desde la clásica silla negra del director. Fue el último rodaje en el que estuviste. Davide, elegante estudiante de cine de Roma, que llegó a las dos semanas del incidente de la plaza de Legazpi y con el que te desfogas hablando tu añorado italiano, me contó que aguantaste como un campeón ocho horas de rodaje, pero antes de terminar te vio agotado y te mandaron a casa. Tú accediste a regañadientes. Cuando acabó la jornada, dos o tres horas después, y el equipo salía victorioso y celebrando del Matadero, te encontraron allí, abrigado hasta arriba, sentado en un banco. No te habías podido ir a casa porque no podías andar. No habías avisado a nadie. Y esa noche Dani y Davide, que te habían acompañado desde el principio, delante de una cerveza y después de acercarte en taxi a casa, llegaron a una conclusión: “Se nos va”.

     

    Pasaron más de tres semanas hasta que llamaste avisando que te habían ingresado en el 12 de Octubre. No querías estropear las Navidades. En el fondo no fue una sorpresa. Tú sabías que tu cuerpo se estaba apagando. Por eso aparecías a cualquier hora y día en la caseta, porque sabías que se te acababa el tiempo, porque tu cabeza seguía viajando a mil por hora y cada día te acordabas de algo nuevo que aún no nos habías contado.

     

    Pero en el hospital aún guardabas un regalo. Tu habitación de la sección Pluripatologías: la 7 –por supuesto que era la 7, el número que te llevaba persiguiendo toda la vida– se convirtió en un set donde continuamos rodando tu película. Cuando metimos todas las cámaras y los micros, la familia de la cama de al lado te miró con una mezcla entre admiración y envidia. En esos días conocimos a un Gioacchino sereno, digno y valiente. Ya no eras más un galán que se preocupaba por cómo salía en cámara, quizá entendiste que tu fortaleza en la debilidad era lo más bello. Siempre lo había sido.

     

    Antes de irte dejaste instrucciones para el capítulo 2 y 3 de tu película, algunas garabateadas en tu cuaderno negro, casi todas grabadas. Narrar los episodios de guerra, tus días de mar, tu ajetreada vida laboral. Siempre reinventándote. Decías: “Cada siete años le cambia a uno la vida”. Pero sobre todo falta incluir en la película cómo conociste a tu última mujer, Isabel. Cómo formaste una familia en Ibiza. Una vez nos dijiste que tú sólo sabías traer al mundo hijas: Giovanna y Ana, las llamaste. La primera fue testigo en tu boda, pero también cuando firmaste el testamento vital. Hasta el último momento se ocupó de que tus voluntades se cumpliesen. Igual con la película. Ella toma el relevo, y así te vas tranquilo, dejando todo bien atado.

     

    Hoy, unos pocos días más tarde, en la Cineteca, las caras del público se estremecen, ríen, se entristecen. Las narices moquean cuando suena Albinioni. En la pantalla aparece el suicidio que construiste para ti. Estas doscientas personas están viviendo tu muerte ahora. En la ficción. Y en la realidad te has ido sólo hace unas horas. Qué granuja. Que cada cual se quede con la versión que más le guste. Como en esos libros de elige tu propio final

     

    Y en la mágica negrura de la sala de cine tu voz fuera del agua que boquea nos acuna y nos hipnotiza. Se despide, dejándonos aún una última lección: “Soy un poco emocionado porque todo esto me sale de dentro y no quiero llorar, porque llorar te desahoga un poco, te descarga tu tensión. Io siempre he sido… me ha costado un poco a llorar delante de la gente para enseñarme que soy duro pero de duro no tenemo nada, somo débiles pero acompañado con alguien que le da la mano. Seremos más fuerte”.

     

    No hay nada más digno que ser escuchado, perdonado, querido. Por los demás, pero también por uno mismo. Ojalá estuvieras aquí para verlo: en la oscuridad, la sala se colma de aplausos. Los dueños de narices y ojos humedecidos se aferran a los pañuelos. Algunos se levantan de sus butacas. No sólo por la peli. Tú hablabas mucho de dignidad… Enhorabuena, Gioacchino. Lo has conseguido.

     

     

     

    Olga Hueso, para disgusto de su madre, nunca deshace la maleta. Decepcionada tras licenciarse en Periodismo y  Comunicación Audiovisual, harta de cifras absurdas y con los brazos cansados de levantar pancartas, decide colegiarse en lo que mejor sabe hacer, trotar mundos. Requisitos: una libreta. Buenos zapatos. Oídos abiertos. Ganas. Como desde pequeña le da miedo la oscuridad, escribe historias sobre personas para ayudar a personas (¿para qué sino el Periodismo?) con la esperanza de arrojar luz y si hay suerte, matar algún monstruo. Sobre todas las cosas, tiene fe en el poder infinito de la imaginación. Porque si podemos imaginarnos un mundo mejor, entonces es que es posible. Esta crónica fue escrita en el taller de periodismo literario de Doménico Chiappe, impartido en Fuentetaja, Madrid

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