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Contar lo que no puedo contar el blog de Joaquín Campos


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16 de diciembre, 2014

Saber hacerse mayor

 

Muchos creen que el principal problema de hacerse mayor es engordar, arrugarse y abrirse la cadera en canal tras haber resbalado al salir de la ducha, cuando bien mirado todos esos detalles son la principal virtud del trayecto final de la vida. ¿O es que llegar a la vejez pareciendo el hermano gemelo de Cristiano Ronaldo no sería causa de ingreso hospitalario inmediato para estudio de la industria farmacéutica?

 

Lo que sí molesta hasta el límite del aguante son los que se hacen mayores manteniendo asuntos infantiles, a veces hasta pre-infantiles (desarraigos), que nunca pueden ser tratados ni medicamente ni en la escalera de vecinos. Ejemplo: una señora que carraspea que da gusto, por culpa de los cartones doblados de Winston que se ha ido fumando a lo largo de las décadas, peluda cuando algún día sólo fue velluda, madre, abuela y espérate que no sea bisabuela antes de cascarla, se presentó a una reunión con el que escribe esta bitácora adosada a un iPhone 6 –o sea, el último grito en descoyunta yemas de los dedos, esencialmente las de los índices– que iba embutido en una carcasa reventada hasta los topes de frases, gestos y caricaturas de Hello Kitty, la broma japonesa que si te descuidas, se te aparece en medio de un polvo por estar serigrafiada, entre otros asuntos, sobre sábanas y almohadas.

 

Que una señora, abuela, con sesenta añazos, se me presente con escote vale –poseía dos pivotes mostrables, por lo que hay que respetarle esa decisión–; pero que tras dejar su maletín de ejecutivo –y ojo, digo de ejecutivo porque aquello no era unisex ni de lejos– posó sobre la mesa, a la vez que pedía un zumo de sandía y naranja–“Natural, por favor”, le dijo a la camarera que luego trajo la mezcla de cartón, como suele pasar– aquel móvil último grito que pareciera que se lo acababa de robar a la salida de una clase de gimnasia rítmica de niñas de entre nueve y once años: la última gozada en atracos-pedófilos; que nunca se sabe hasta dónde desmejorará nuestra materia gris.

 

Luego la reunión navegó por los cauces trazados: ella se fumó siete Winston de la cajetilla la roja –la fuerte–, se tomó tres cafés solos tras el zumo que desechó, y me recortó un 25% en los precios que yo, días antes, le había pasado por correo electrónico. Dura era, me dije, pero entonces, ¿a qué coño venía eso del iPhone 6 repleto de caras de Hello Kitty y corazoncitos varios? Era asiática, por supuesto. Que las de Ávila, a esas edades, sólo (se) enseñan las tetas en la ducha y lo más moderno que se ponen es la mantilla durante la Semana Santa.

 

Otro ejemplo de gentes que no saben hacerse mayores: Juanjo, de Vigo –inventadas identidad y procedencia: el resto es absolutamente veraz. Obeso perdido aunque alegre hasta la extenuación. O eso nos hace creer. Que a lo mejor luego rompe a llorar cada vez que le dejo en casa tras acompañarle en el taxi. Pero bueno, Juanjo, de 48 años –o añazos: pesa 120 sino 130–, siempre va uniformado con la camiseta del Barça, en otro infantilismo que al paso que va, desembocará en traumatismo craneoencefálico severo y vuelta a España pasa ser tratado gratuitamente por una Seguridad Social española que como siga así podría ser admitida como la oenegé más caritativa del mundo.

 

Juanjo se presenta a cenar con la de Messi, a desayunar con la de Iniesta, y sale a pasear, en el colmo de la desdicha del ser humano, con la parte de abajo del chándal que según me dice orgulloso “es el oficial”, y una sudadera donde se lee Qatar Airways: toda una filigrana al estilo y la presencia. Porque lo de pasear en chándal, aunque sea por el desnutrido paseo fluvial del Tonle Sap justo antes de unirse al Mekong en Phnom Penh, una ciudad donde el chándal equivale al esmoquin en La Gran Manzana, y que a tipos como Juanjo lo hacen pasar desapercibido entre la marabunta en chancletas, es un desprecio a la educación que recibimos los que nacimos cuando todavía en España había dictadura franquista. Que luego ha llegado la alevosa democracia y los hay ya que nacen directamente en chándal. Algunas hasta salen del coño de su madre, en las maternidades, maquilladas.

 

El colmo de la pasión futbolística es ser ciego y llevar puesta la camiseta de tu equipo favorito. Qué importa el narcisismo si lo que de verdad llena es propagar el amor por tus colores. Descontado que existen cegueras que nada tienen que ver con la pérdida de visión ocular.

 

 

 

Joaquín Campos, 14/12/14, Phnom Penh. 

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