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Contar lo que no puedo contar el blog de Joaquín Campos


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28 de enero, 2014

Priapismo

 

Su mirada me resultó familiar. La mía, también le debió sonar de algo. Y todo ese cruce de recuerdos bajo aquel molesto fogonazo de luz que te deja entre cegado y dormido sobre una mesa de operaciones demasiado pequeña.

 

Hombre, ¿otra vez usted por aquí? ¿El corazón? –dijo el doctor serbio con algo de retintín.

 

No, el pene.

 

¿Ha vuelto a tomar Cialis?

 

Oiga, ¿y al futbolista que se rompe los ligamentos cruzados le dice que deje el fútbol?

 

¿Cómo se llamaba?

 

Aspersor. ¿Y usted?

 

Aleksandar.

 

¿Es grave, doctor Aleksandar?

 

Más que grave es ridículo.

 

Madame Sarah tenía tantos años que me costó trabajo concentrarme. Para empezar, su nombre ya era lo suficientemente decorado como para que en mi triste cerebro hubiera espacio para almacenarlo. Al llegar a su casa, Madame Sarah me recibió en ligueros y con corpiño; que fue descubrirse la pechera y querer salir corriendo dándome de hocicos con su mayordomo: otro galés parece ser que fiel a la familia desde hace décadas que digo yo que ya podía satisfacer a la señora para evitar este tipo de lamentos. Pero para que el ultraje tocara la estratosfera, mi Madame precisamente no predilecta –¿dónde quedaron mis queridas encargadas de pisos francos en Madrid que aunque fueran abulenses se te presentaban como “Madame”?– le daba al frasco de manera suicida así como le gustaba morrear más que a una adolescente a la hora del recreo. Bebía Tanqueray. Que para la pasta que debía tener –mansión de tres alturas cuando la mayoría de su vida la realizaba en la planta baja ya que le costaba subir y bajar escaleras– ya podía haberse abierto alguna ginebra más estrambótica. Lo violento, que me quedé un par de veces al borde de llamar a Alcohólicos Anónimos, era la administración de los gintonics: tres partes de ginebra y una de tónica. “No lo agües”, me decía, cada vez que tosiendo como un tuberculoso me arrimaba al vaso la lata de Schweppes.

 

Pero lo peor de Madame Sarah, alto cargo de la Unión Europea en un país como Camboya donde pocos –políticos nativos incluidos– saben dónde queda esa ilusión óptica repleta de naciones, lenguas y decadencia, no fue su intenso alcoholismo como tampoco sus perpetuas ganas de besarme sin cesar. Lo más peligroso, sin duda alguna, era que los minutos se iban descontando de la cita y yo seguía sin meterla mano. Y qué digo, si todo se hubiera arreglado sólo con tocarla no estaría aquí escribiendo esta historia que bien podría haber sido una necrológica si alguno de mis amigos/seguidores se hubiera atrevido a redactarla en mi presumible ausencia por desperfectos coronarios. Porque la ingesta de Cialis, esta vez, superó la sobredosis; y aquello que no terminaba de mirar al cielo. Y claro, dile tú a Madame Sarah que no me ponía, cuando el mundo de la prostitución calca a menudo las desdichas de las parejas asentadas en el amor, que fingen los orgasmos así como se ocultan las tomas de vasodilatadores que son, a fin de cuentas, las maneras más eficientes de esquivar a los abogados.

 

Cariño, son las once de la noche y a mí no me sienta bien trasnochar.

 

Ya voy, ya casi.

 

Mientras ella movía el único hielo ovalado del vaso del gintonic, yo me miraba el pene como esos encantadores de serpientes que consiguen que el reptil se ponga a la altura de sus ojos. Me faltaba la flauta. O ambas flautas. Lo que no podía hacer era mirarla de frente. Era exactamente lo contrario a la erección. Miré al techo; a una esquina donde una maceta me ponía más que Madama Sarah; así como a una foto familiar en el aparador del que debía haber sido su marido: otro británico peripuesto, con bastón y anteojos, pajarita y bigote ridículo. Bueno, pues ya pueden ver qué situación más esperpéntica a la hora de buscar momentos excitantes. Y Madame Sarah llamándome la atención.

 

¡Muchacho! Que se me está pasando el arroz. Que de aquí a nada me pongo a bostezar.

 

Ya voy, ya está.

 

Y por supuesto no estaba. Por lo que me tiré sobre ella –casi le saco la cadera que ahora que lo pienso debía ser una prótesis, de ahí que se mantuviera en su sitio– como intentando captar el mensaje de su carne. Pero ni por esas. De pronto, y al verme tan encima, me comenzó a besar, hecho éste que me resultaba tan familiar que me quedé en su boca como encajado, soñando con esos ordenadores que se cuelgan y no hay manera de hacerlos operativos. Así como tres minutos. O más. Hasta que Madame Sarah se cansó de morrear –mi fracaso ya no era sólo físico sino psicológico– y se decidió a palpar mi entrepierna. Suerte que estudió en Oxford y que cada mañana se miraba fijamente en el espejo.

 

No te preocupes Aspersor. Déjalo. Es normal. No es la primera vez que le pasa a alguno de mis amantes. Tengo setenta y un años y cada mañana, cuando me miro en el espejo, sé que ya no soy la misma. Puedes marcharte. Vístete que voy a por tu dinero.

 

Justo cuando me dijo la frase más redentora de mi vida me estaba planteando el realizar una pieza de submarinismo. Una obra de arte gore que se quedó en mi imaginación calenturienta que provoca mi desasosegante cuenta de resultados, que como no podía ser de otro modo ha empeorado considerablemente tras mi nueva entrada por las urgencias de la clínica internacional SOS, que de tanto recibirme se plantean que en vez de entregar el pasaporte directamente fiche. El doctor Aleksandar no estaba para bromas. Porque lo peor cuando dejé atrás la mansión de Madame Sarah estaba por venir. A las dos horas y ya en casa noté que aquello se había disparado. Intenté contener la crecida pero una especie de dolor se entrometió en mi descanso. Cuando quise darme cuenta llevaba cuatro horas erecto. No sé si faltaba sangre en el resto de los órganos vitales de mi cuerpo pero comencé a marearme. Ya ven, de no conseguir erección a no tener descanso.

 

Mira Aspersor, lo que sufres se llama priapismo. Tiene solución pero es dolorosa. Por supuesto, nada que ver con el casi infarto que sufriste hace tres semanas. No sé hasta dónde quieres llevar esto. Pero o te sacas un seguro médico que te cubra todo tipo de urgencias o aparte de arruinarte, podrías fallecer.

 

Llevo cuatro horas así. Y no hay manera de que baje. Y eso que dicen que con Cialis necesitas estimulación.

 

¿Cuántas dosis hoy?

 

Tres.

 

¡Estás loco! ¿Es que acaso necesitas tres Cialis para tener una erección?

 

Si la clienta tiene setenta y un años, sí.

 

Debo reconocer que no me gustan las agujas. Pero lo que nunca esperé es que aquello iba a convertirse en una especie de sesión de acupuntura en donde el primer tiro de gracia lo produjo una inyección violentísima en medio de mi falo. Luego no noté nada. Era la anestesia. Que cuando me tranquilicé, el doctor Aleksandar, con sinceridad balcánica, me invitó a girar la cara para no mirar la escena.

 

¿Por qué he de hacerlo? Ahora me siento mejor.

 

Si no te gustan las agujas y la sangre no mires. Sobre todo si amas tanto a tu pene.

 

Y de pronto, su equipo de ayudantes comenzó a clavarme alfileres de donde manaba sangre y yo lamentando mi dicha. Y drenando, soñé con un giro absoluto en mi vida, en donde pasaba a ser el mayordomo galés de Madame Sarah, con un sueldo pírrico, pero con la casa, la comida y los gastos básicos cubiertos. Sin más necesidad que leer en mis ratos libres. Sin pareja o parecido. Sin más ropas que mi uniforme de gala. Fuera de todo interés por los viajes. Lejos de cualquier apetito por los restaurantes de alto copete. Deseando, en una palabra, ser un tipo sin problemas añadidos. Que la vida ya te surte de calamidades suficientes como para haberme asociado de manera absolutista a la prostitución, el consumo de Cialis y su mezcla con los alcoholes más variopintos. Que el día que me salga competencia cierro el chiringuito. O hago tríos.

 

Ya en casa me pasaba el dedo por el pene que había quedado como los cupones de la ONCE: en Braille. Los pequeños montículos de las micro heridas recién cauterizadas generados por la decena de agujas que redujeron el diámetro a mi falo me valían como entretenimiento en un desorden mental sin precedentes. El corazón afortunadamente no aligeró el paso y mientras me entretenía leyendo como los ciegos, asumía que o mi vida da un giro radical o acabaré devuelto a España en una caja de pino. La factura de la clínica SOS, de nuevo, superaba al maravilloso gesto humanitario de Madame Sarah que apoquinó por piedad ya que se quedó sin ser horadada. Luego me dejé caer por internet descubriendo fantasmas que nunca quise ver: el exceso de vasodilatadores mezclado con el consumo de alcohol genera impotencia.

 

 

Joaquín Campos, 26/01/14, Phnom Penh.

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