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Contar lo que no puedo contar el blog de Joaquín Campos


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29 de abril, 2015

Presión

 

41 años, medio calvo, melenas desaliñadas, sudo con facilidad, bebo con ídem, bailo fatal, no hago deporte, paupérrimo, contrario a fervores religiosos o patrocinios a familias ajenas; no ahorro, uso Fungusol por motivos evidentes, no dispongo de vivienda en propiedad ni de alquiler, sin posibilidad de herencia, ronco.

 

La cosa, como podrán observar, no está como para anunciarse en internet con la idea de encontrar novia. Siquiera trabajo. Pero de manera extraña, y en aparente contradicción con la lógica, se me aparecen continuamente futuras parejas con mucha más claridad que a los que dicen que se les aparecen vírgenes en tapias recién caladas o en cuevas alejadas del mundanal ruido. Que para saber la auténtica verdad de este mundo el control anti-dopaje debería ser general. Que a mí me interesa mucho menos saber si Lance Armstrong se dopaba cuesta arriba y cuesta abajo en comparación con la posibilidad de que Pitita Ridruejo posea un arsenal de LSD en su mansión de La Moraleja.

 

Conforme avanzas en la vida, año a año, ya década a década, te das cuenta de que la soledad es el principal problema de esta sociedad, ya casi globalizada. Nadie es capaz de estar solo. De ahí la cantidad de infidelidades, que se producen a partes iguales entre la apabullante cantidad de parejas forzadas a serlo, y la obligación contra natura de serle fiel durante siete décadas a la misma persona: algo así como ser alcohólico y beber siempre Viña Ardanza; o esa estupidez del fútbol en el que debes ser madridista, barcelonista o malaguista desde el primer pecho de la madre hasta tu sepultura.

 

Nativas, ex parejas, centroeuropeas… El océano, ya casi sin peces, está lleno de mujeres que se ahogan en un vaso de agua: “Tengo 36, quiero dar a luz, el mundo se acaba”, me dijo hace meses una que gana más que yo, lee más que yo y viaja más que yo; “Adopta –le dije–; y no te cases con el primero que desee preñarte”.

 

Y todo esta presión social contra mi cuerpo serrano sin poner un solo pinrel en discoteca alguna o recinto parecido. Que el otro día se me apareció en el restaurante una vietnamita de 31, que ya posee a un hijo de seis años, y le dije: “La semana que viene nos vemos en Saigón; hazme sitio en tu casa”. Que no hay nada como acercarte a mujeres que ya han cumplido su función social: ser madres. Que yo lo de ser padre lo llevo parecido a lo de las apariciones milagrosas sobre paredes caladas. Y eso que ni siquiera tendría que portar al heredero nueve meses dentro de mi cuerpo.

 

 

Joaquín Campos, 28/04/15, Phnom Penh.

 

 

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