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Contar lo que no puedo contar el blog de Joaquín Campos


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17 de febrero, 2016

Orgasmo entre señores mayores

 

Lo de Japón no tiene cura. O al menos para mí. Porque mientras escribo este texto, en el Trinity Oyster House del barrio tokiota de Ginza, fui a mear a su baño minúsculo donde la tapa del váter se levantó nada más asomar mi nariz por la puerta, en la pleitesía habitual que te riega el cerebro de positivismo. Y así –además de con la ayuda de una caña y una botella de cava más nueve ostras locales a pelo– uno presiente lo de siempre: que Japón no sólo es el lugar perfecto para fallecer, sino hasta para vivir.

 

Pero lo que les venía a contar mientras derrochaba orina en un pozo sin fondo es que hace ya tres días del infarto de miocardio; del emblema que todos deberíamos llevar en nuestras metas; del derroche de pasión sin elevar la voz; o de la pureza más céntricamente concentrada en una ciudad de dos millones de habitantes. Porque les hablo de Sapporo, y en especial de sus aguas termales cercanas a su Museo de Arte Moderno, donde caí rendido ante mi primer orgasmo rodeado, en su mayoría, de viejos con el pene encogido –siete bajo cero a las tres de la tarde: ojo al dato– y los huevos colganderos, como dirían los de Muchachada Nuí. Porque en aquellos baños de aguas calientes y al aire libre, nos encontrábamos postrados decenas de señores en culos –yo era el único extranjero– donde descubrimos la auténtica verdad: agua a 47 grados y copos de nieve cayendo muy lentamente sobre nuestras cabezas. Ni una señora a cien metros a la redonda. Que lo único que había que echarse a la vista, en caso de secuestro general, habría sido un japonés de sesenta y tantos con una excelsa melena blanca como el color de la harina procesada: aquella que permite al pan fermentar y luego cocerse mientras ayuda a que nuestra salud se resienta.

 

Y allí, en pelotas, sufriendo un calor extremo desde el cuello hasta los pies, enterrados en aquella agua mágica, comprendí que en contraste aceptar copos de nieve en mi cabeza era ese orgasmo sin pareja –la auténtica perfección que no deja secuela– que necesitaríamos todos los que no sólo es que creamos en el amor, sino que, además, creemos en justamente lo contrario.

 

Penes enanos, alguno grande, y la mayoría deformados por el trasiego y la edad, en el primer muestrario de rabos de la historia donde me sentí local: siete bajo cero y aquello entre congelado y contraído: el auténtico final si allí, además, hubiera habido cámaras ocultas de la productora porno de Rocco Siffredi –el teórico italiano que siempre la acaba metiendo– buscando a futuras estrellas.

 

Y la nieve cayendo como caen las bombas atómicas: de lleno. Chocando contra nuestros cuerpos mientras desaparecían por el vapor de un agua que si no me la bebí fue por la cantidad de cervezas que ya traía encima. Luego nos duchamos, en familia –como casi todo lo que hice esa tarde–, observando lo peor de la desnudez ajena cuando no es femenina: su olor. Porque el señor que se desnudaba junto a mi taquilla –respetuosamente le cedí ese espacio hasta que decidiera meterse en aquellas aguas calientes–, aparte de mostrar una verruga hiriente que, como un pico en una cordillera, le salía de su ano, desprendía un hedor corporal que yo sólo asocie a una avanzada edad y a sus dificultades para lavarse en ciertas zonas donde el contorsionismo suele jugar una parte importante.

 

Aunque debe saberse que incluso así, con nativos de esa guisa, que eran la mayoría –eso sí, el olor ajeno no me molestó salvo en ese caso– llegué a clausurar un orgasmo único, con la piel de los antebrazos de gallina en eterno roce con la nieve cuando el resto del cuerpo ardía en una sopa de aguas medicinales. Y recalco: sin muchachas alrededor.

 

Y ya, para ser completamente exactos, comentar que la señora de la limpieza entró en el vestuario de señores –yo seguía martilleado por el hedor de aquel señor de profusa verruga anal que tardaba en salir de allí– en el único momento –sobrepasaba los sesenta– en el que comprendí que el sexo, a ciertas edades, o es de pago o es utópico. Porque allí nadie, aparentemente, movió un músculo. Siquiera se aceleraron los latidos de casi siempre.

 

 

Joaquín Campos, 05/02/16, Tokio. 

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