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Contar lo que no puedo contar el blog de Joaquín Campos


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24 de junio, 2014

Esquizofrenia

 

Sonaba a todo volumen el ‘Suicide’ de Mr. Ray, de aquella época mítica de finales de los setenta denominada ‘New York No Wave’ –en ese mismo instante temporal ineptos españoles crearon La Movida con dos acordes de guitarra, tres pelucas coloreadas y cuatro tatuajes– cuando Matilde, una mejicana para no sacarla de casa, se puso unos calcetines blancos tocados a la altura de ambos tobillos por unas raquetas de tenis cruzadas rojas y azules. Juro que la última vez que vi un par de esos debió ser en la misma época que España se creyó moderna porque entraba en la democracia. Y claro, tenía que preguntarle el porqué de aquella vestimenta cuando veinte minutos antes se había desnudado. No iba depilada, por cierto. Y no me refiero sólo a las piernas. Que hasta de las axilas le brotaban manglares de pelo insidioso. Lo que hay que hacer por ganarse el pan.

 

Me gusta follar con calcetines, ¿qué pasa?

 

A mí, como llegué a su casa en chanclas, no me quedó más remedio que pedirle otro par, momento en que me soltó un guantazo almodovariano en el pómulo derecho que si no sangró fue de milagro. Sin duda alguna tras aquella llamada que había recibido cuatro horas antes se escondía una sorpresa. Un huracán. Algo con lo que acababa de intuir que todo no iba a poder salir bien.

 

¿Por qué me has pegado?

 

¡¿Y tú por qué me has pedido unos calcetines?!

 

Gritaba cuando debía moderarse y bajaba el tono de voz cuando levantaba la mano, cosa que hizo a menudo. Matilde, esquizofrénica o algo parecido, no dudó en escupirme cuando la intenté tranquilizar hablándole de su país y de que yo ya no necesitaba calcetines. Por un momento pensé en pedirle sólo uno: para ver si así se amansaba la fiera. Pero a cada pregunta un nuevo manotazo; hasta que pedí salir de ese infierno de hogar cuando si me hubiera advertido con antelación que deseaba sexo con hostias hasta hubiera podido transigir. Pero antes de recibir un nuevo golpe o un grito tiró las llaves de su casa por la ventana. Aclaro que Matilde, de Acapulco, consultora bancaria en Phnom Penh, residía en una cuarta planta y que en el fondo ya sabía que existían posibilidades reales de que antes de tirarme me hubiera lanzado ella misma por la ventana.

 

¿Y ahora qué hacemos?

 

Pues quedarnos aquí hasta el fin del mundo. Para eso te llamé.

 

Ya, pero a lo mejor no tenemos agua suficiente para aguantar hasta esas fechas.

 

¿Y quién te ha dicho a ti que el fin del mundo es cuando te mueres de viejo? El fin del mundo es cuando se te acaba todo. Y exactamente cuando el agua escasee o saltamos juntos por la ventana o que nos saquen cadáveres por el hedor que regalaremos a los vecinos.

 

Me sentí mucho más tranquilo tras sus declaraciones. De hecho hasta comenzaba a concentrarme en que descuartizarme y guardarme en bolsas del Carrefour en el congelador habría sido una salida mucho más positiva para aquella cita extraña: me llamó para practicar sexo y aparte de que no quería hacerlo se puso calcetines blancos serigrafiados con raquetas de tenis rojas y azules: el no va menos. Pero antes de entrar en pánico –es bien sabido que padezco claustrofobia– me acerqué a su cocina para abrir su frigorífico donde sólo había dos botellas de tequila y una de leche desnatada. En el fondo los gobiernos no necesitarían hacer exámenes psicológicos ni análisis de sangre para encontrar a gentes sospechosas. Con abrir sus neveras algunos deberían ser automáticamente detenidos.

 

¿Quieres tequila?

 

Si bebemos tequila nos deshidrataremos antes y el agua se acabará mañana por la mañana.

 

Pues podríamos acelerar el proceso: bebamos tequila a mansalva y follemos. Así en tres horas no quedará agua y habrá que buscar una solución.

 

En el momento que me volvió a cruzar la cara –nuevamente el pómulo derecho que esta vez sí empezó a soltar un hilillo de sangre– sonó el timbre de su casa, que como un milagro retumbó en mis oídos con mucha más fuerza que su reciente guantazo. Ella se asustó tanto que mutó en una especie de niña de ocho años recién levantada de la siesta. Atendió la puerta con voz tenue, mientras me miraba de reojo como Jack El Destripador.

 

Sí, ¿qué desea?

 

Soy el portero. Es que un transeúnte quiere hablar con usted.

 

¿Y a qué se debe?

 

Abra usted la puerta y hable con él.

 

Deme dos minutos que no encuentro las llaves.

 

En ese mismo instante me puse a gritar como un descosido: “¡Policía! ¡Policía! ¡Llame a la policía! ¡Me quieren matar!”. De pronto, Matilde volvió con una botella de tequila que mientras llenaba dos copas hasta los topes mascullaba como si la estuvieran degollando.

 

No encuentro las llaves. Vuelva en media hora, señor portero.

 

El portero debió ceder la palabra al supuesto transeúnte que se comportó como yo debí haberlo hecho desde el inicio de la enajenación de Matilde.

 

¡Me ha abierto la cabeza! ¡Estoy sangrando! Testigos vieron volar un juego de llaves desde su ventana. Si no abre la puerta y me indemniza llamaré a la policía.

 

¡Ya somos dos! –grité como aturdido, reconociendo que Matilde acaba de hacer sangrar a dos tipos en menos de un cuarto de hora.

 

¿Quién anda ahí? –remató el portero cotilla.

 

A todo esto, Matilde y yo bebíamos tequila. Que si llegan a tirar la puerta abajo habrían pensado que Bonnie & Clyde eran una mala copia de nosotros. Pero antes de que saboreara el primer sorbo, me soltó otra: esta vez un croché de izquierda al mentón que me hizo, tras recuperar el aliento –debieron pasar al menos dos minutos; veía doble–, contarme las piezas dentales. “Juraría que he perdido alguna”, me dije entre alucinaciones.

 

¿Por qué has abierto la boca? ¡Ahora vendrá la policía!

 

Joder, si la policía no tienen las llaves. Las tiene ese transeúnte clavadas en su cabeza. ¿Por qué no abre? –mascullé.

 

En esas comencé a asumir que en vez de en una película de Almodóvar estaba en medio de una de Buñuel. Porque pasó una hora y allí nadie abría la puerta ni saltaba por la ventana. La sangre, que me llegó a los pezones a través del cuello, se había secado; por lo que me apresuré a provocar otro golpe que reabriera la herida recién cerrada.

 

¿Quieres que intente tirar la puerta abajo?

 

Estás delirando. Debe ser el tequila. ¿Prefieres absenta? Tengo una botella escondida en el baño.

 

Estaba muerto. Ya estaba claro. Intenté coger el móvil para despedirme de mi madre pero me arrojó la botella de tequila que casi me parte el torso. Menos mal que cayó sobre mi pectoral derecho; que mi corazón no está para ese tipo de golpetazos.

 

¿Qué coño haces?

 

Nada, te pasaba el tequila por si querías más.

 

¿Y me lo tiras contra el pecho?

 

Lo dicho: esquizofrenia o algo indescifrable. Suerte que antes de tomarme las pulsaciones –casi me levanté a ver a través de la ventana, abierta de par en par en provocación sin igual, por si algún toldo o coche moderno podían hacer de parapeto en mi suicidio calculado– la puerta se abrió desde el exterior en momento histórico; de esos que nunca salen en la Wikipedia: entraron un tipo con la cabeza abierta acompañado de un policía menudo y un portero uniformado pidiendo el primero explicaciones, el segundo documentaciones y el tercero detalles mientras Matilde bebía tequila desnuda, con calcetines extraños, con el puño derecho hinchado de tanto golpearme, y yo, algo más desnudo que ella, les miraba grogui acabándome la última copa de tequila que bebería en esa casa de los demonios. Volví a sangrar.

 

Desperté en el ascensor. Con la claustrofobia que a mí me dan. Vestido y sangrando. Antes de entrar en pánico estábamos en la planta baja con la puerta abriéndose y tres fotógrafos de prensa haciendo su trabajo. Cuando quise darme cuenta estaba metido junto a Matilde en un coche de la policía camboyana destino a una comisaría sin aire acondicionado ni decencia. Lo gracioso del caso es que Matilde, la que me había marcado los pómulos y había abierto la cabeza de un desconocido con ganas de recibir una indemnización, yacía a mi lado vestida y sin calcetines ridículos. O se los quitó ella –sólo los usaba en momentos de desvergüenza– o se los arrancó el golpeado dolorido mucho más por la imagen de ver a una mujer desnuda con calcetines blancos con decorados de raquetas cruzadas rojas y azules que por la violenta agresión. Luego me enteré que era checo y que a cambio de todo quería dinero. Siempre dinero. Porque yo no cobré aunque salí vivo. Y coleando. De hecho a la media hora el checo, el portero, el policía, su ayudante, que se apuntó a la despedida, Matilde y yo, nos abrazábamos en una estampa tan extraña que no me extraña que los occidentales sólo valgan en este tipo de países tercermundistas para casarse y sacarles las perras.

 

Ya en mi zulo, en mi hotel ­–que aunque las cañerías apestaran a agua estancada la vuelta me supo a gloria– me planteé, mientras secaba mis heridas, que ser puto no es ni mucho menos como ser lateral derecho en campos de tierra en divisiones regionales. Esto hay que vivirlo. Y por cincuenta dólares la dosis de semen. ¿A ver quién es la próxima que llama?

 

 

Joaquín Campos, 21/06/14, Phnom Penh.

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