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Crítica y barbarie el blog de Ignacio Castro Rey


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6 de diciembre, 2014

19:07

 

¿Soledad de la gente? ¿Atormentada? ¿Tal vez compartida y común? No, no exactamente. Todo esto sería demasiado existencial. Aislamiento ecológico y conexión a distancia es lo que se lleva. Conductismo de elite, o sea, complejo e interactivo. Y además indetectable, claro, no en vano está integrado en la vibración continua de un cuerpo social traslúcido, casi líquido.

 

Así pues, aislamiento terciario en esta sociedad de endeudados al mañana, el de la próxima entrega, dentro de la serie televisiva en que se ha convertido la vida. Sin apenas ningún espacio para el encuentro, para pararse y dejar que se concentre el universo, que nos penetre el virus de lo real. Y sin complejo de culpa, que nos haría más lentos. Ayer mismo los conductores de un programa de entretenimiento anunciaban la muerte de una conocida figura femenina del escenario europeo exactamente con el mismo desenfado con el que anunciarían una simpática fiesta infantil o una nueva crema de belleza.

 

Suerte la de este mundo, que ha conseguido consumar el sueño totalitario en un orden social tan abierto que sus líderes de opinión, los mismos que ordenan bombardear pueblos exangües, son también capaces de cantar y bailar en público con una relativa soltura. Überfashion.

 

Nuestra vibración electrónica es tan rápida que puede reconciliarse con cierta lentitud real. El dictado colectivo es tan omnipresente, y personalizado, que no tiene por qué dejar de sonreír. El mundo en el que vivimos es como la publicidad de otro mundo, un anuncio al que se le hubiera quitado la marca del producto que se nos vende. Cierto, no hay tal marca: sólo se trata de huir de la atrasada vida sin marcar.

 

Orden de autoalejamiento, decíamos ayer. Pero sin órdenes; las hay, pero cada uno las personaliza a su modo. Estamos así tan ocupados que apenas tenemos tiempo para nada, menos todavía para la "nada" del tiempo muerto. Pararse está prohibido, y por supuesto callarse, por un mandato doblemente eficaz por el hecho de que nunca se enuncia. ¿Hasta el sexo se ha vuelto difícil en este entorno automatizado, de eyaculación precoz y conexión continua? ¿Tendrá razón Virilio cuando decía que hemos llevado la metafísica del divorcio hasta la misma cópula?

 

Esta cultura ultraconductista, tan fundida con la variedad del espectáculo que su conductismo puede ser provocador y alternativo, se impide a sí misma apagar las conexiones. ¡A la salvación por la interactividad! Todas las instituciones y los personajes de vanguardia se presentan así con una multicolor impronta social. La cultura integral de derechas permite una política de izquierda. Y todos contentos, mientras cada uno ocupa su lugar bajo este ardiente sol, incluso en Finlandia, del dios social.

 

Vivimos en un moldeado autodeformante, que cambia constantemente en un instante, como un tamiz cuya malla variase en cada punto. Su habitante, nativo digital o formado en el reciclaje, es un ciudadano ondulatorio, que permanece perpetuamente en órbita, suspendido sobre una onda continua.

 

Vuelve entonces una pregunta clásica. La carrera espacial, aparte de su coste, ¿se ha quedado anticuada porque ahora se ha logrado un viaje interestelar para cualquier camarero, con una circulación orbital en las redes? La ansiada suspensión de la gravedad, que Hannah Arendt ya señalaba hace cincuenta años como ideal planetario, se habría así personalizado. La democracia triunfa cuando la mentira es para todos. A través del capitalismo real, por fin el socialismo virtual.

 

Todo el estallido narcisista de las últimas décadas, esta especie de mundial y continuo selfie, no deja de señalar que el poder global, tan acéfalo como impune, está basado en realidad en una economía libidinal de la subjetividad, en una intimidad mimada y maltratada por el espectáculo de lo que, con harta modestia, llamamos sociedad internacional.

 

Necesitamos mapas, se dice. Pero ¿cómo, si no tenemos más que mapas vivimos en un ultramapa y ya nadie se adentra en la curvatura y las aristas de ningún territorio? Pregunten si no en una calle cualquiera de un barrio madrileño, ya verán cómo sobre todo si el interpelado tiene menos de 30 años el resultado es para morirse de risa. "Ni idea", dicen si contestan con un aire de ofendido asombro.

 

P de GPS, de UPyD. ¿En esta religión tecno-social será distinta la humana materia prima del Psé, del Ppoe, de Popemos? La casta fíjense en esas caritas de Bruselas está constituida básicamente por la idea fija de no pisar la tierra. Esto es desde hace tiempo el capitalismo: por ningún lado tocar la vida común, elemental, mortal. Ni siquiera, para empezar, en la percepción. Anticomunismo espiritual, también por la extrema izquierda. En este sentido, poco importa que la casta sea parlamentaria o universitaria, aunque esta última tan mafiosa como la que más tenga ciertamente menos caspa. Toda la diferencia política es la siguiente: la juventud puede ser racista sobre todo con lo real de paso que baila y sonríe, ubicuidad que le está negada a los rancios mayores.

 

Se ha dicho hasta la saciedad: la impotencia doméstica alimenta la fiebre global. Y viceversa. De ahí que todo gire en un tiovivo sin fin donde los comentarios son tan importantes como la versión original. Ésta, por otra parte, nunca existió: era ya un comentario, aunque tal vez más impactante que los que vienen después. Por eso, cuando en este carrusel de feria irrumpe la fuerza de la naturaleza, aunque sea en la forma del amor, nuestra parálisis es casi total y la reacción, a la fuerza, un poco patética. La interactividad ciega los sentidos. Mientas el tsunami se acerca, el que sea, nosotros seguimos mirando pantallas. Igual que la orquesta del Titanic siguió tocando cuando ya la catástrofe era irremediable.

 

Pero comentando, comentando, se llega hasta Roma. Y así, milagrosamente, te puedes morir sin apenas haber vivido. Con lo cual el círculo es perfecto, pues la muerte más o menos asistida llega como un epifenómeno de la comunicación y la tecnología médica. ¿Se puede pedir más a las redes sociales? La religión católica era un juego de niños comparada con esta eficacia viral.

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