Dibujo del niño refugiado Aden Ahmed Mohid, de 14 años. Fuente: ACNUR

    1   


    "Ellos llegan todos los días". Voces sobre Siria

    Máster de ABC/UCM (*) - 30-06-2016

    Tamaño de texto: A | A | A

    El hombre es un libro
    que la vida lee sin cesar.
    Celebración del juego de la vida y de la muerte
    Ali Ahmad Said (poeta sirio)

     

    En más de una ocasión me ha parecido estar anotando el futuro.
    Svetlana Alexiévich

     

     

    “La Historia a través de las voces de testigos humildes y participantes sencillos, anónimos. Sí, eso es lo que me interesa, lo que quisiera transformar en literatura. Pero los narradores no sólo son testigos; son actores y creadores, y, en el último lugar, testigos. Es imposible afrontar la realidad de lleno, cara a cara. Entre la realidad y nosotros están nuestros sentimientos. Me doy cuenta de que trato con versiones, de que cada uno me ofrece la suya. De cómo se mezclan y se entrecruzan nace el reflejo de un tiempo y las personas que lo habitan. De mi libro no me gustaría que dijeran: sus personajes son reales, y eso es todo. Que no es más que historia. Simplemente historia. No escribo sobre la guerra, sino sobre el ser humano en la guerra. No escribo la historia de la guerra, sino la historia de los sentimientos. Soy historiadora del alma. Por un lado, estudio a la persona concreta que ha vivido en una época concreta y ha participado en unos acontecimientos concretos; por otro lado, quiero discernir en esa persona al ser humano eterno. La vibración de la eternidad. Lo que hay en él de inmutable”.

     

    Leímos el párrafo anterior en clase.

     

    Pertenece al libro La guerra no tiene rostro de mujer, de Svetlana Alexiévich, periodista, premio Nobel de Literatura 2015. La fórmula de los libros de la escritora bielorrusa, polifonías para contar fenómenos históricos, nos resultó interesante. ¿Qué hay de los refugiados sirios? ¿Por qué no contamos la actualidad de esta manera? Es decir, ¿por qué no permitimos que nuestros entrevistados hablen a través de nosotros, en primera persona, sin mediaciones, uno tras otro? El proceso, hasta llegar a lo que van a leer, fue apasionante y complicado: no siempre es fácil borrar la voz del periodista, tampoco guiar al entrevistado a que cuente su verdadera historia y no la que cree que queremos escuchar. Otra cosa no es nada fácil: sentir como tuyo el dolor del mundo. Los periodistas que trabajaron en estos textos lograron todo eso y más: informar y conmover, acercarnos a las pequeñas historias que conforman la Historia desde la realidad más absoluta, más visceral, más inmediata porque, como también dice también Alexiévich, “esto no se puede inventar”.

     

    No. Esto está pasando. 

     

    María Fernanda Ampuero, periodista 

     

    *     *     *

     

    Me llamo Nihad Kabbani y hace treinta y cinco años que abandoné Siria, el país donde nací. En 1980 hubo una revuelta muy grande, aunque no tan importante como la de 2011. Los universitarios salieron a la calle para reclamar más libertades y derechos. Yo estaba entre ellos. Entonces tenía veinte años. La represión fue brutal. Mataron a muchísima gente. Entre los que arrestaron estaban mis amigos. Sabía que iban a cantar, porque les torturaban hasta que hablasen. Tenía miedo. En el momento que te cogen, se acabó: no hay escapatoria. Por eso me escapé a Líbano. De allí viajé a Canadá y luego a España. Estudié información y turismo en Zaragoza. Me concedieron la residencia, pero no podía trabajar. No estaba autorizado hasta que acabara los estudios. Más tarde me instalé en Madrid. Y aquí sigo. No pude volver a Siria. Mi embajada no quiso renovarme el pasaporte. Este verano me jugué la vida y la de mi hijo. En julio viajé hasta Turquía, donde tengo algunos familiares, con el propósito de entrar en Siria y visitar a mis padres, a los que no veía desde hacía cuatro años. Anteriormente, como no podía entrar en Siria, siempre nos reuníamos en Turquía. Sin embargo, cuando estalló la Guerra Civil en 2011 los turcos cerraron la frontera y no dejaron entrar ni salir a nadie.

     

    Volé de Madrid a Estambul. Allí cogí otro avión hacia Antioquía, y desde ahí fui a Alhamdainie, cerca de la frontera con Siria. A causa del conflicto, esta ciudad turca está ahora dominada por los inmigrantes sirios. Desde Alhamdainie veía el pueblo de mi madre, Meles, que se encuentra en la provincia siria de Idlib. Diez kilómetros tan solo separan Meles de la frontera turca, aunque para llegar la distancia es mayor: hay que bordear una montaña. Pasé en Turquía quince días, la mitad de ellos intentando cruzar la frontera con Siria. Llegó un día en que quise marcharme. No había manera de entrar en el país, ni legal ni ilegalmente. Perdí la esperanza de volver a ver a mis padres, hasta que el decimoquinto día vino un primo que vive en Antioquía y me dijo: “yo puedo dejarte entrar”.

     

    En un coche me llevó hasta la frontera y allí había un taxi esperándonos. Fuimos hasta Meles. Conmigo entró mi hijo Bakri, que hace poco había terminado el instituto. No quería que lo hiciera. Le dije:

     

    —Por favor, tú me esperas y yo entro.

     

    Pero se negó. Me dijo que no me dejaría solo. Así, los dos, cruzamos clandestinamente a Siria.

     

    Recuerdo Siria como un país precioso, con las playas más bonitas del mundo, limpias y cristalinas. También recuerdo las montañas. Yo soy de Alepo, donde se construye con una piedra hecha a mano. La franja del Mediterráneo hasta el Éufrates es verde, llueve y hasta nieva. La gente no sabe que nieva en Alepo. Siria abastece a muchos países del Golfo con frutas y verduras. No hace falta tener petróleo para que a un país le vaya bien.

     

    Dejé un país impresionantemente bonito. Ahora no queda nada.

     

    Este verano encontré un país que no se parecía en nada al que dejé atrás cuando tenía veinte años. Estaba todo destrozado. Durante el camino en el que atravesé aquellos veinte kilómetros que separan Meles de la frontera no encontré edificio alguno que permaneciera intacto. No había pueblo que no hubiera sido blanco de los bombardeos. Era una imagen desoladora. La provincia de Idlib es una zona montañosa. El régimen de Al-Assad no pudo tomarlo por tierra cuando se rebelaron, pero sí bombardearlo con aviones. Todo... hospitales, casas, colegios... Da igual donde cayera la bomba. Ahora Meles está bajo el dominio del Ejército Libre Sirio, pero no hay ley. Allí te matan y da igual. Nadie pregunta. No hay policía. No hay justicia.

     

    Durante el trayecto en taxi hasta el pueblo de mi madre, a un lado del carretera, nos encontramos un camión entero calcinado. Había armas. Habían muerto tres rebeldes. No vi los cadáveres, pero eso me dijo el taxista. Había sido bombardeado tan solo dos horas antes. El taxi contaba con una radio desde la que le avisaban de los recorridos de los aviones que pasaban. Así podía esconderse.

     

    Cuando llegué a Meles encontré a mis padres más viejos que nunca. Mi padre tenía noventa y un años y mi madre ochenta y ocho. Una de mis hermanas y un hermano estaban con ellos. En casa me pusieron al día. Los funcionarios llevan cuatro años sin cobrar. La mayoría de las industrias y comercios están destruidos. No hay dinero. Viven de las tierras que tienen. Plantan, intercambian comida y otras cosas. Se ayudan entre ellos. Hay gente que se aprovecha de la situación y gana dinero con el dolor ajeno. Pero también hay gente solidaria. Mi padre trabajaba en el Ministerio de Agricultura, aunque llevaba muchos años jubilado. Mi madre era ama de casa, pero sí cosía y se ganaba algunos duros. Tenían tierras y las alquilaban, pero han tenido que vender la mayoría. Además, no hay comunicaciones. Cuando quería llamar a España tenía que subir a la montaña para coger la línea turca. Tampoco hay luz ni agua. La luz funciona con generadores. Los llenan con gasoil y escuchas la cantinela: tac, tac, tac. Yo no podía dormir. Era insoportable, pero ellos ya están acostumbrados a este sonido: forma parte de su vida.

     

    Ya no tienen tanto miedo. Se les ha quitado. Muchas noches nos sentábamos en el tejado de la casa de mis padres y bebíamos té. Mientras, contemplábamos los destellos de luz en el horizonte. Era el resplandor de las bombas. Estaban lanzando explosivos y decían: han bombardeado tal sitio, ahora allí, ahora el otro. Y así todo el tiempo. Lo miras como quien presencia una obra de teatro. Es la normalización de la guerra. Pero, a pesar de todo, la gente vive. Se juntan y se invitan entre ellos.

     

    La guerra alcanza a todos. Mi cuñado era rico. Siempre compraba dólares en lugar de la libra siria. Hace poco le vi en Dubai y me dijo “yo tengo tantos cientos de miles de dólares, pero no puedo llegar a ellos”. El edificio donde tenía su despacho y la caja fuerte fue bombardeado. Se derrumbó por completo. Hoy no es más que un montón de escombros, y entre cascotes y cemento estarán sus dólares.

     

    Después de seis días en Meles decidí volver a Turquía. En Siria corríamos peligro. Aunque el pueblo de mi madre estaba bajo dominio del Ejército Libre Sirio, no por ello nos librábamos de un  bombardeo o de qué sé yo.

     

    Ver a mis padres había sido un alivio, pero la despedida fue muy dura. Les dije adiós sabiendo, casi con total certeza, que sería para siempre. De hecho, mi padre murió el día ocho de diciembre.

     

    Mi madre sigue en el pueblo con una hermana a la que pedí que se quedara para cuidarla.

     

    De Meles fuimos hasta la frontera con Turquía dispuestos a viajar hacia Antioquía. Sin embargo, en la frontera los turcos no nos dejaron pasar. No quería enseñar mi pasaporte español porque era peligroso para mí y para mi hijo: por el yihadismo. Mis amigos me habían advertido que me olvidara de mi nacionalidad española: “si lo enseñas, puede que te secuestren para pedir un rescate”.

     

    Tuve mucho miedo. Sufría por Bakri, no por mí. Si nos paraban y veían a mi hijo joven, le podían coger y adiós. No podría hacer nada. Me preguntaba a mí mismo: “¿por qué le he traído conmigo? ¿por qué?”.

     

    Mientras esperábamos, en la frontera vi una de las imágenes que más me atormentan. Una historia horrible. Una mujer acompañada de sus tres hijos pequeños lloraba sin parar. Gritaba que su marido había muerto en la guerra. Había vendido su casa para escapar de una muerte casi segura. Consiguió cruzar a Turquía, pero, por desgracia, la habían descubierto y la acababan de devolver de nuevo a Siria. “Ya no tengo ni un duro, ni casa, ni nada. ¿A dónde voy? ¿A dónde voy?”, decía.

     

    Al final, ofreciendo dinero nos dejaron entrar. Pagué cuatrocientos euros. Cuando cogí un taxi, ya en suelo turco, le dije al conductor: “no pares hasta Antioquía”. Ahora esa frase me hace gracia, pero hasta llegar allí no pude respirar.

     

    Desde luego, los que llegan a Europa es porque tienen dinero, aunque muchas veces lo han conseguido vendiéndolo todo. Ahora solo se puede salir de Siria con billetes. En el caso de mi sobrino, le costó llegar a Alemania seis mil euros. Mi sobrina ha salido con cinco mil, pero la dejarán sin nada por el camino. Las personas que no tienen nada sólo puede ir a un campo de refugiados en la frontera.

     

    Cuando veo las imágenes de cientos de sirios subiéndose a esas barcas, hacinándose en esos trenes... Siento impotencia al ver su situación y ver cómo viven. Me pongo en su lugar. Comprendo que arriesguen sus vidas. Cuando oigo a mi sobrino Mohamed que me dice: “pero tío, ¿qué voy a hacer aquí? Tengo veinte años y no tengo future”. Acababa de terminar la selectividad. “Si muero pues nada, pero peor voy a estar aquí”, me dice. Yo he visto a ese hombre encerrado en una habitación llorando. Quería que viniera aquí, pero sabía que no podía, porque ya intenté traer a mis padres y no he podido. Me ponen muchas trabas. Tengo una finca preciosa a las afueras de Madrid donde podrían vivir tranquilos, pero me piden unos papeles que tienen que enviarme desde Siria y que mis padres no pueden conseguir porque ya no existen esas instituciones. En Europa te prometen mucho. Se creen que por poner en un cartel Bienvenidos refugiados todo está hecho. Pero en España solo han entrado dieciséis refugiados, que yo sepa.

     

    ¿Quién es el culpable? Culpo ahora a Bashar al-Assad porque con qué cara va a gobernar. Del año 2000 al 2011 la economía siria mejoró de manera impresionante. Todos mis sobrinos vivían muy bien. ¡Mejor que yo! Veía las cantidades de dinero que tenían y alucinaba. Cuando hablaba con ellos, me contaban sobre los cochazos que se habían comprado. Vivían fenomenal. A mí este presidente no me caía ni bien ni mal. Aguantaba el tirón con él. Ahora no, por supuesto. Él hubiera podido evitar todo esto. Lo que ha pasado en Siria, la guerra, el horror, tantas muertes... Una persona que quiere a su pueblo se retira a tiempo, pero él solo quiere el poder.

     

    Desde el 81 no tengo nación. Cuando abandoné Siria y fui a la embajada para pedir que me renovaran mi pasaporte, no me querían. Entonces perdí mi nación. Y ahora que he pisado tierra siria después de treinta y cinco años, ya no reconozco nada de aquello, del lugar en el que transcurrió mi infancia y parte de mi juventud.

     

    Nihad Kabbani, sirio

     

     

    *     *     *

     

    Mi padre se llama Ghassan Sayegh y nació en la ciudad de Alepo, donde aún vive. Su padre fue joyero, es el mayor de seis hermanos y siguió con la tradición comprando y vendiendo oro, hasta que adquirió un pequeño local en el zoco de Alepo y se llevó a dos de sus hermanos a trabajar con él. Se casó a los treinta años con Marie Badlissi, que tenía diecinueve y era la hija pequeña de una gran familia de médicos. Tuvieron tres hijos, dos varones y una niña. La vida transcurrió feliz hasta la guerra: viajaron a muchos sitios, los dos tienen estudios y hablan francés. Ahora llevan cinco años sin salir prácticamente de casa, mi padre tiene noventa y seis años, está bastante bien para su edad, y mi madre ochenta y cinco. Ella tiene alzhéimer y lleva varios meses con sonda nasogástrica. Mi hermano Issam vive en Alepo también, envió a su mujer y a sus hijos a Estados Unidos y se quedó cuidando de nuestros padres.

     

    Alepo ahora es un caos.

     

    Es una ciudad tan poblada como Madrid, pero sin luz, sin agua y sin comida. Hay, pero se ha puesto muy cara. Las condiciones higiénicas y sanitarias son casi imposibles. Mi hermano sale son su camioneta llena de bidones a buscar agua para casa y para los vecinos que quedan en el edificio, la mayoría son gente mayor. Va a los pozos de casas conocidas y también han excavado varios pozos en el patio de la iglesia, para que la gente pueda recoger allí el agua. Hay poca higiene: las infecciones están a la orden del día. Los hospitales están colapsados de heridos que entran constantemente, en cuanto les hacen los cuidados necesarios los envían a casa. A mi madre se le rompió la cadera y tuvieron que operarla. Debido a que su familia es muy conocida por ser casi todos médicos no hubo problema y fue atendida y operada rápidamente, pero a los cuatro o cinco días la mandaron para casa y hubo que contratar a un fisioterapeuta para que viniera todos los días a rehabilitarla. No hay muchas medicinas y, cuando las necesita, se las dan contadas o no las suficientes para terminar el tratamiento. Si hay dinero y lo puedes pagar, es la única forma de conseguirlas.

     

    Hay gente que se está haciendo muy rica con esta guerra. Bueno, con todas las guerras.

     

    Salir de Alepo es posible aunque arriesgado, hay líneas regulares de autobuses que van a Damasco o a Beirut, pero tardan por lo menos el doble que lo que tardaban normalmente, ya que les van guiando por teléfono y les mandan parar cuando hay algún problema, o les cambian la ruta si hay un bombardeo o grupos armados en ese momento por las rutas normales. La mayor parte de mi familia se ha marchado de Siria, pero otros, como mis padres y mi hermano, se han quedado. Mi padre no quería irse de Siria a morir en otro país, pero no se paró a pensar en que si él no se iba su mujer y su hijo tampoco se irían. Él tenía ya noventa y un años cuando empezó la guerra. Ahora, con el aeropuerto de Alepo cerrado desde casi empezada la guerra, con 96 años, poca salud y mi madre muy débil y con alzhéimer es casi imposible sacarles de allí... Todos los días es duro enfrentarse a no sabes qué… Puede caer una bomba, pueden entrar en tu casa y matarte... Mi hermano es el que se está enfrentando solo a todo esto, intentando cuidar de ellos. Solo.

     

    La comunicación telefónica nunca se ha perdido, casi todos los días hablo con ellos, también vía internet, Skype o Facebook. A ellos les llega información del exterior vía satélite o internet, lo que creo es que la información que nos llega a nosotros de allí es sólo la que ciertas potencias quieren. América, Europa, Arabia Saudí, Turquía… han armado hasta los dientes a todos estos grupos terroristas, contra los que ahora luchan, en vez de haber pactado en un principio con Al-Assad, que era el menos malo de todos... ¡Pero había que destruir Siria! ¡No podían dejarnos en paz! Quieren imponer democracia en unos países en los que es imposible tenerla porque, como he dicho antes, su religión no se lo permite. Lo único que han conseguido es fomentar el integrismo, acabar con las minorías, llevar el país a la ruina. Era lo que querían unos cuantos.

     

    La gente se ha marchado de su país dejando atrás su casa, su familia, sus recuerdos...  su vida. Saben que no podrán volver y la generación de niños que ha salido no conocerá jamás su país de origen y se integrará en otras culturas y lo olvidarán...

     

    ¿Por qué no acaban con los integristas? ¿Cómo un grupo de integristas puede con el ejército sirio, americano, ruso, francés, inglés turco...? Algo raro pasa... ¿Qué pasa con Arabia Saudí? ¿Por qué no le paran los pies a sabiendas de que están armando a todos estos grupos terroristas? ¿Por qué no intentan imponerles a ellos la democracia? ¿Por qué dejan los turcos pasar a todos los mercenarios integristas para seguir fomentando el integrismo? ¿Por qué les dejan comprar el petróleo de los integristas a unos precios irrisorios? ¿Por qué dejan que bombardeen a los kurdos cuando estos están ayudando a acabar con los integristas? ¿Por qué no controlan las mafias turcas que saquean a los pobres que huyen de la guerra, metiéndoles en barcos que se hunden al poco tiempo de zarpar?

     

    Esto... ¿Qué pasa? ¿Es que nadie lo ve? ¿Nadie se da cuenta? ¿A nadie le importa?

     

    Siria era un país feliz, incluso con todas las limitaciones de libertad que había. ¿Merecía la pena que países extranjeros intervinieran, para según ellos, imponer una democracia? ¿Qué es lo que han conseguido? Los sirios lloramos. Lloramos por nuestro país, por nuestra gente, por nuestra cultura, por nuestras familias, por nuestros muertos, porque nunca volverán a ver a sus padres, a sus hijos, a sus hermanos y porque nunca podrán volver a su país. Esto es lo que han conseguido o lo que querían conseguir todos estos gobiernos involucrados en esta guerra. Todo por fines económicos.

     

    Usted me pregunta qué derechos reconocidos hay en Siria y le digo que hoy en día ninguno. Si tiene dinero, come. Si tiene suerte, no cae la bomba en su casa o no le disparan cuando sale a buscar agua. Las diferencias sociales han desaparecido en parte, los que tenían mucho lo han perdido todo o casi todo y los que tenían poco siguen igual… con poco... o con nada. La gente ayuda en lo que puede. A nosotros, los cristianos, nos está ayudando mucho la Iglesia.

     

    Salí de Siria con veinte años. Mis padres me enviaron a España a estudiar medicina, porque tenía ya aquí dos primos en Zaragoza estudiando medicina, aunque al final no fue lo que estudié ni a lo que me dediqué. Como no he vivido la guerra directamente me pasa como a vosotros: no puedo imaginar el dolor, el hambre, el frío, la enfermedad, el miedo y la impotencia de ver cómo todos están jugando con sus vidas. Es un dolor raro, una pena difícil de describir: el saber que no puedo ir a ver a mis padres y que probablemente no podré volver a verlos. Que no podré volver a andar por las calles de la ciudad que me vio crecer, oír su música callejera de cláxones, gritos de los vendedores ambulantes, risas de los niños. Los olores a especias, a dulces. Volver a reunirme con mis amigos de la escuela, con toda mi familia que ahora anda desperdigada por el mundo...

     

    No sé qué final puede tener esto, pero seguro que no nos va a gustar a nadie. Y algún gobierno se va a arrepentir de lo que está haciendo. A mí, de momento, me han roto la vida, la tranquilidad y la alegría y eso que no vivo allí. No puedo ni imaginar las penurias y las miserias, el dolor, el terror, la desesperación y la impotencia de la gente que ha vivido allí toda su vida y se lo han quitado todo... Todo.  

     

    Ghassan Sayegh, sirio

     

     

    *     *     *

     

    De todos los refugiados y refugiadas que he visto desde que entré en la organización el que más me marcó fue un niño pequeño, unos seis años tendría. Tenía los ojos rojos y su brazo no tenía de ancho más que un alfiler. Al pobre me lo encontré temblando, muerto de miedo o de frío, no lo sé. El caso es que estaba con su madre, que era lo único que le quedaba en la vida. Juntos habían andado medio mundo, me dijo ella. Se habían escapado de Damasco. “Asesinos y violadores de mujeres y niños, muchos asesinos”, me decía. El chiquillo no levantó la cabeza en ningún momento. Quién sabe lo que habrá visto. Ese día me di cuenta de que yo estaba donde debía estar. La madre era profesora y sabía hablar inglés, así que no tuvimos ningún problema para comunicarnos con ella. Venían de Yarnuk, un campo de Damasco. Es bastante famoso. Allí, agua, poca, y comida, menos. Tampoco tenían medicamentos ni cosas por el estilo. Una ratonera, vamos. La cosa es que tampoco podían salir de allí porque los guardas no les dejaban. Vivían los tres, el padre, la madre y el niño, en mitad del caos. Me dijo luego que allí la gente comía todo lo que encontraba. Que si ves un perro o un gato, te lo comes. O la hierba del suelo. Todo. Como es lógico, pasaron por muchas penurias para llegar hasta aquí. El niño tenía mucho miedo. Me acuerdo de un detalle que me heló la sangre por dentro. Pasaron unos cuantos policías con un perro, y se echó a temblar. Las palizas que le habían dado en el campamento habían hecho que sintiera terror al ver a gente con uniforme. El padre no pasó de Líbano, después de que se escaparan del campo de refugiados: se le infectó una herida que tenía en el pecho y la cosa fue a peor. Lo único que pudieron hacer es estar con él en sus últimos días. Poco más. A su hermano, el hermano de ella, digo, lo reclutaron para la guerra. Se fue a Siria a pegar tiros para el cabronazo ese, el dictador de allí. Al-Assad. Así que estaban solos. Luego nos dimos cuenta, mis compañeros y yo, de que el chaval también tenía fiebre y un montón de picaduras por la barriga. De pasar la noche al aire. Se llamaba Zakariyya, sí, el chico. No medía más que una mesa, ya ves tú. Pues ha tenido que soportar palizas en medio mundo. Oyó que la madre estaba hablando del padre y empezó a llorar como un descosido. Le dimos un bocadillo que llevábamos y lo tapamos un poco con una manta. Luego se puso a jugar con una amiga mía que nos acompañó y se le pasó un poco el disgusto.

     

    Ese fue el que más me marcó, pero no el único, claro. Me acuerdo de otro, un tiarrón grande que no me acuerdo bien cómo se llamaba. Tenía un nombre corto, pero muy raro, no sé. De la zona de Daraa o por ahí. Con ese me comuniqué en árabe, ni idea ni de inglés ni de español. Con eso y con algunos gestos, porque mi árabe tampoco es perfecto. Bueno, que lo encontré hecho una mierda, como a casi todos. Tenía las manos casi despellejadas. Un poco infectadas incluso, creo. Me dijo que era porque había estado trabajando en otro campo de refugiados recogiendo y pelando ajos para venderlos. Con eso y recogiendo latón se ganaba la vida. Se decidió a irse de Siria porque había perdido la esperanza de volver a ver a su mujer, que se la habían llevado los terroristas a rastras de la casa de sus propios padres. Hubo un tiempo que pensó que la dejarían irse o conseguiría escaparse, pero ya no.

     

    Me dijo: “quiero pensar que está muerta”. Yo me quedé mudo.

     

    Mi trabajo dentro de la organización es de traducción. También ayudo de vez en cuando a la hora de recibir a los refugiados y las refugiadas, cada miércoles en la estación de Méndez Álvaro. Allí vamos unos cuantos, cuatro o cinco personas a lo mejor. Lo importante es que haya un coordinador, alguien con coche y otro que traduzca, que es lo que hago yo. La gran mayoría de esa gente no sabe ni chapotear en español y muchos tampoco tienen ni idea de inglés. Sólo se comunican en su idioma, en árabe. Este es otro de los grandes problemas que tienen cuando llegan aquí, que no saben qué hacer, ni con quién hablar, porque no pueden. Me metí ahí porque no podía estarme en casa sin hacer nada, con todo lo que salía en la tele de toda esta gente. De estos que llegaban sin nada. Yo creo que he tenido suerte en la vida. Y aquí estoy. Yo estoy bastante contento con lo que hago, pero con lo poco que podemos ayudar tampoco solucionamos nada y me da rabia. Pero bueno, algo es algo, ¿no?

     

    Carlos Ayuso, traductor de Red Solidaria de Acogida

     

     

    *     *     *

     

    La foto de Aylan –el niño sirio cuyo cadáver apreció en la arena de la playa de Bodrum en Turquía– no sólo dio la vuelta al mundo, también me cambió la vida. Me hizo comprender la gravedad del drama que sufren los refugiados. Llevaba un tiempo pensando en participar en algún tipo de voluntariado internacional y después de ver la foto dejé de pensar. Lo hice. Nada más ver la foto me puse a buscar información como una loca para ver cómo podía ayudar. Leyendo el Huffington Post encontré una mujer que se iba a Budapest con su coche a llevar ropa y comida. Contacté con ella y en tres días montamos la asociación ciudadana Caravana Solidaria de Ayuda Básica a Budapest. Al principio sólo éramos cinco chicas con un objetivo claro: nos íbamos a Hungría. Con lo que tuviéramos cada una, daba igual. Teníamos la ilusión, las ganas y la determinación de querer ayudar. En esto de la solidaridad, querer es poder. Y pudimos. Montamos la página de la asociación en Facebook y empezamos a recibir miles de mensajes de personas que querían aportar su granito de arena. En cinco días conseguimos una repercusión tan grande que Televisión Española y La Sexta se interesaron por nuestra iniciativa. Gracias a la exposición en los medios, la cantidad de ayuda que recibimos, principalmente ropa y mantas, creció de manera exponencial. En una semana superamos todas las expectativas: nos llegaron diez toneladas de mercancía para llevar a Budapest. Se nos fue de las manos. No podíamos llevar esa cantidad, así que se nos ocurrió alquilar un tráiler. Para poder distribuir todo el material contactamos con una ONG local de Budapest que se encargaría de las labores logísticas. El problema ahora era económico. No teníamos dinero para el camión. La respuesta de la gente fue tan brutal que en dos días conseguimos la cantidad necesaria para llevar nuestro cargamento a Budapest. No solo eso, antes de empezar el primer viaje ya teníamos dinero suficiente para una segunda expedición a Grecia. Así, casi sin quererlo, llegamos a Barajas con la mochila cargada de ilusión, amor y responsabilidad. Una vez en Budapest, el cargamento llegó a las instalaciones de la ONG. Nosotras nos fuimos a uno de los pueblos colindantes con Croacia. Queríamos entregar personalmente comida y mantas a todos los refugiados que nos encontrásemos. Tras un largo viaje a lo largo y ancho de la frontera húngaro-croata, conseguimos nuestro objetivo.

     

    En uno de los pueblos había un niño sirio jugando a la pelota con una camiseta de Messi. Inocente, espontáneo, ajeno a la tragedia. Simplemente jugaba. Me acerqué y nos sonreímos. Quería ser futbolista. Le acompañaba su hermana mayor, una chica de diecinueve años. Me contó su historia. Llevaban un mes andando desde Siria, su padre les obligó a marcharse. Era su única opción para intentar tener una vida como la que tenían antes de iniciarse la guerra. Durante el viaje la habían violado. Abrí los brazos, nos miramos, nos fundimos en el abrazo más sincero que podré recibir en mi vida.

     

    Sólo hicieron falta tres palabras: I love you. Rompimos a llorar.

     

    Fueron las lágrimas que quedaban en un niña que, después de abandonar su país, recorrer miles de kilómetros y haber sido violada, se abrazaba al amor que le ofrecía una desconocida, al amor que nos hace sentir que tiene sentido mirar hacia adelante.

     

    Después nos dieron el chivatazo de que a cuatro horas de distancia estaban llegando miles de refugiados a otro punto de la frontera. Nos fuimos para poder entregar todo el material que llevábamos en la furgoneta. Cuatro horas a oscuras por carreteras impracticables que superamos gracias a nuestra ilusión por ayudar.

     

    Llegamos a una estación de autobuses donde la policía y el ejército organizaban a la marabunta de refugiados que esperaban su viaje hacia una nueva vida. Además de contar con el apoyo de organizaciones como Cruz Roja, los refugiados también recibían la ayuda de las fuerzas seguridad. No podré olvidar la imagen de varios militares cruzando la frontera con personas exhaustas en sus brazos. Lo que allí viví fue impresionante. En ese momento –finales de septiembre– todo el mundo remaba en una única dirección: ayudar a seres humanos que lo habían perdido todo. Aunque pueda parecer extraño debido a la crudeza de su realidad, la gente sonreía. Su drama estaba un día mas cerca de terminar. La expresión de agradecimiento en sus caras nos hacía felices a todos los que habíamos ido a ayudarles.

     

    En esa estación de autobuses, y después de una noche repartiendo mantas y comida, el karma se acordó de mí. En uno de los vehículos que se dirigían hacia Austria pude despedirme de los hermanos sirios que había conocido horas antes. Fue rápido y no pude abrazarles una vez más. Por el hueco de la ventana del autobús les entregue un paquetito de comida y nos hicimos un selfie. Puede parecer una tontería y algo banal, pero esa foto es la prueba irrefutable de que el amor mueve el mundo. Después de un día recorriendo la frontera entre Hungría y Croacia se nos acabó la comida y la ropa que teníamos. Volvimos a Budapest. Los tres días siguientes nos dedicamos a trabajar con la ONG húngara clasificando las diez toneladas de material que habíamos llevado en el tráiler. Esta labor es imprescindible. Cientos de voluntarios acuden en masa a los almacenes para organizar el material disponible. Ropa de hombre, ropa de niño o mantas, son algunas de las etiquetas que sirven para agilizar la entrega de la ayuda a los refugiados.

     

    Llegó la hora de marcharse. Al llegar a casa sentí un enorme vacío. Los sentimientos de satisfacción y el agradecimiento recibido desataron un oleaje en mi estómago similar a lo que sientes cuando te has enamorado. Entre Hungría y Croacia, rodeada de sufrimiento y observando las miserias que producimos, me enamoré del ser humano y su solidaridad.

     

    Sonia González Antonete, voluntaria de Caravana Solidaria de Ayuda Básica a Budapest

     

     

    *     *     *

     

    Nací en Latakia hace treinta y seis años. Era una ciudad grande, importante, en la costa de Siria... Ahora es un caos. Pero yo no llegué a ver en qué se convirtió. Me marché de allí hace tiempo: en el 2007. Antes de la revolución. Me habían llamado para hacer el servicio militar, pero yo no quería. No deseaba formar parte de un ejército al servicio de un gobierno en el que no creía. Me fui a Emiratos Árabes Unidos, en el Golfo Pérsico. Llegué con un carnet de visitante y me puse a buscar un trabajo. Lo conseguí. Arreglé todo el papeleo para poder quedarme. Sumaia, mi mujer, es marroquí, pero estaba trabajando en Dubái. Fue así como la conocí. Mohammed, nuestro primer hijo, es dubaití. Ahora tiene seis años y pudo conocer Siria cuando era muy pequeño. Sólo he podido volver una vez: en el 2010 y como visitante. Estuvimos allí noventa días. Por cada año fuera, puedo parar allí treinta días. Pero si hubiera querido quedarme, habría tenido que pagar mucho dinero. Eso o enrolarme en el ejército. Al no haber hecho el servicio militar en su momento esa era mi segunda y única opción. Pero seguía sin querer hacerlo... Me despedí de Siria por segunda vez. Poco después me trasladé con mi esposa y mi hijo a Marruecos. Era la época en que empezaba la revolución. Ya no había permiso de residencia en los países del golfo para los sirios. Era muy difícil conseguirlo. Yo quería volver a Emiratos Árabes. Esperé tres o cuatro meses en Marruecos y nada, así que empecé una nueva vida allí, otra vez, alejado de mi tierra. Mis dos hijos menores tienen tres y dos años. Son marroquíes, como su madre.

     

    Sabiendo en qué se estaba transformando nuestro país, algunos colegas sirios que también vivían fuera y yo decidimos no dar más dinero al régimen. Cada cinco años nos las teníamos que arreglar para pagar al Estado. Si estás fuera de Siria, depende de en qué país (África, el Golfo, Asia) y del número de años que lleves en el extranjero, tienes que pagar una cantidad de dinero determinada. Pero después de la revolución, los sirios honestos no financian este régimen. Poco después de que dejase de pagar, el ejército se metió en casa de mi familia y le pidió que pagase los impuestos por mí. Ellos dijeron que no podían porque no tenían dinero. Pero claro, al final lo tuvieron que hacer. Están detrás de mi familia todo el tiempo... Cogen el dinero de todo el mundo, al igual que hacen nuestras embajadas... desgraciadamente. Ahora, si te quieres hacer un pasaporte o renovarlo tienes que pagar un montón de dinero y si quieres irte de Siria tienes que pagar muchísimo más aún. Es muy caro. Ellos toman el dinero de nuestra gente para el gobierno, para el ejército. Como es mi caso. ¿Por qué tenemos que pagar? Personas que llevan armas y son capaces de matarme a mí, a mi primo, a mi hermano... No hay que darles nada más. Ahora mi pasaporte está caducado. Otra vez tenía que pagar más por él. No lo voy a hacer. No le voy a dar más a ese gobierno.

     

    Tras cinco años en Marruecos y sin pasaporte, he decidido irme porque la vida allí no es fácil. Tampoco para los marroquíes. Intenté conseguir el permiso de residencia en Arabia Saudí, pero nada. Así que comencé a pensar en ir a un lugar que respetase mi humanidad, mi libertad... que no me trate como a un papel, sino como a una persona, ¿sabes? De modo que mi mujer, mi familia, como muchas otras de Siria o de Marruecos, decidimos ir a Europa. Y ahora estamos aquí, en Madrid, a punto de partir hacia nuestro objetivo: Bruselas. Ya tenemos los billetes de autobús para mañana.

     

    Ahmed Balouch, sirio

     

     

    *     *     *

     

    Ellos llegan todos los días.

     

    Sí. El verano fue duro, en octubre creo que llegaron aquí a Kos hasta cuatrocientos, quinientos por noche... Ahora estamos en una media de entre cien y doscientos. Depende mucho del tiempo. Si sopla mucho el viento, el mar está loquísimo y pueden pasar cosas malas como hace cinco o seis noches, que seis niños se ahogaron en aguas turcas y fueron llevados de vuelta. La noche siguiente murieron otros trece, porque el tiempo se complica. Pero aun así siguen cogiendo el barco, es increíble. Hay noches que tú estás ahí, en el puerto, esperándoles y dices... ¿Cómo pueden coger un barco ahora, como está el mar? Y lo cogen. Y llegan.

     

    Lo de los seis niños no salió en las noticias. El día siguiente, que murieron trece, eso sí que salió. Creo que en Turquía parece todo más opaco. Si los guardas turcos detectan refugiados en aguas turcas los llevan de vuelta. Eso pasa muchas veces. Me encontré con familias que han intentado hasta tres o cuatro veces coger el barco. Cogían el barco y, de repente, les pillaba la guarda costera turca y de vuelta a Turquía. Una familia que conocí, por ejemplo, el trato que tenían con el smuggler (el mafioso que les lleva) era de 800 a 1.000 dólares por cabeza. ¡Un negocio de la hostia!

     

    Este smuggler le dijo a la familia que tenían tres intentos. En el primer intento salieron al mar y les cogió la policía. De vuelta. Noche en hotel. Al día siguiente, otro intento. Policía. Vuelta al hotel. Hasta la tercera vez que lo consiguieron. Tres intentos estaban pagados en el ticket, me dijo la familia. De Afganistán creo que eran.

     

    Hay una mafia increíble allí en Turquía. Y aquí en Grecia también. El otro día vi cómo detenían a un traficante de motores de barca. Es un dineral, en cada barco hay mínimo diez... yo he visto barcos hasta con cien personas. Gente mojada de sudor, familias empapadas, porque estaban hacinadas en un barco de veinte personas. A unos mil por cabeza... una pasta. Y si los traficantes pierden el barco, compran otro nuevo y ya está.

     

    ¿Anécdotas? Puf, muchas... Para no olvidarlas las apunto en una libreta. Se te olvida todo aquí. Una de las historias que más me llamó la atención fue un chico paquistaní de diecinueve o veinte años que había caminado desde Pakistán. Hasta aquí. Él solo. Se pasó tres meses y medio caminando y... dijo que lo peor que le pasó en el viaje fue estar cuatro días sin beber agua. No sé cuánto es el límite físico, pero yo creo que una semana sin beber agua mueres, ¿no? El tío vino para acá y su sueño era, simplemente, poder trabajar en Europa para pagar las dos bodas de sus hermanas. Había estado caminando cuatro meses con los mismos zapatos, que estaban reventados, y no pidió zapatos nuevos, no pidió casi nada... siempre con una sonrisa en la cara... Diciendo gracias a cualquier cosa que hacías: “¡Gracias, gracias, gracias!”. Era increíble, de verdad. Todo esto sin tener el futuro bien claro, porque él sabía que iba a ser parado en la frontera –como toda la gente de Pakistán– y que lo iba a tener muy complicado. Y le veías un poquito de desesperanza en los ojos... pero el tío seguía fuerte. Se había pasado tres meses caminando por todas las montañas de Irán y de Turquía... Las bodas de Pakistán son de las de seiscientas personas, que tienes que invitar al primo, y al primo del primo, que no le conoces, pero tienes que pagarle la comida. Está en Atenas ahora, no sé qué será de él.

     

    Con los que podemos comunicarnos, que hablan inglés, nos damos el Facebook y el móvil si tienen. Intentamos mantener el contacto, llamarles después... Me acuerdo de una noche que llegó un barco que, no sé por qué causa, se hundió. Y, de repente, aparecieron todos los del barco. Estábamos esperando en el puerto y llegaron como cuarenta personas mojadas y uno de ellos no paraba de decir: “¡El niño, el niño, el niño! ¡Mirad al niño, mirad al niño! ¡Problemas de corazón, de corazón!”. Y nosotros pensando: “¡Pero qué cojones, ¿dónde está el niño?!”. Y miré al padre, que era enorme, era de Siria el hombre. Enorme, dos metros, pesaba cien kilos... enorme. Y había un chiquillo al lado suyo, tenía cinco años y estaba un poco mareado, como un poco adormecido. Supongo que por principios de hipotermia, porque estaban todos empapados, hacía un frío que pelaba, y eso adormece un poco. El hombre estaba muy estresado, con el niño en brazos. Le empezamos a quitar la ropa, le pusimos las mantas de emergencia, luego las mantas de tela encima... Y el hombre seguía muy, muy nervioso. Y cuando ya vio que al niño, con un vaso de agua y unas galletas, se le abrían más los ojos y podía pronunciar palabras, el hombre, de cien kilos, se desplomó en el suelo y empezó a llorar como un niño pequeño. Empezó a llorar y a llorar sin parar, dando gracias a Alá y a todos los dioses que había hasta que le dimos un cigarro. Le metimos un cigarro en la boca y se tranquilizó un poco. Estuvo a punto de ver a su hijo morir en sus brazos. Eso debe de ser... se te quita el alma. Y luego, con su inglés roto, nos intentaba explicar cómo se había hundido el barco y cómo se habían quedado él y el niño debajo. Tuvieron que nadar los dos juntos como una hora y pico hasta la costa...

     

    Todas las noches vemos alrededor de cien y doscientos refugiados. La mayoría llegan mojados. Algunos se tiran dos horas nadando porque el barco se ha hundido, el motor se ha estropeado o les ha tumbado una ola... o porque son demasiados y el barco poco a poco cede y cede y al final se cuela agua. Hay gente que se pasa nadando una hora hasta llegar aquí. Y llegan empapados, a las tres de la mañana, con un frío que pela, con principios de hipotermia. Entonces nosotros estamos ahí, en el puerto, esperándoles. También tenemos coches patrullando la costa. Si ven que hay un barco nos llaman: “Eh, viene un barco a esta playa”. Entonces cogemos la furgoneta y les recogemos. Los traemos al puerto. Primero nos aseguramos de que la temperatura corporal esté a nivel normal, de si están mojados quitarles la ropa. Si están temblando como locos tienes que ponerle la manta de emergencia... de aluminio... luego darles un poco de agua, a lo mejor llegan deshidratados del mar, tenemos unas galletas high energy. Y, una vez estén más estables, tienen que ir a registrarse a las oficina de Frontex, que es como una empresa privada que se dedica a cuidar las fronteras.

     

    Suelen llegar por la noche a esta isla porque es cuando no pueden ser vistos por las guardias costeras. Se supone que Frontex abre desde las doce de la noche hasta las ocho de la mañana, pero estos tipos, si ven que no hay gente a las cuatro de la mañana, cogen y se van. Luego llega un barco de cien personas a las seis y, ¡ah!, no se pueden registrar. Y tienen que esperar hasta el día siguiente en la calle, agotados después del viaje y con frío. Creo que es una autoridad europea y no sé si reciben dinero de los estados, o sea que puede que haya ahí dinero nuestro...

     

    Cuando entran a la oficina de Frontex tienen que coger un papelito –provisional– que necesitan para conseguir el papel oficial de su registro. Una vez que se han registrado se van a dormir. Si son una familia, a lo mejor tienen hotel gratis, si son hombres solos pues a lo mejor tienen hotel o a lo mejor no. A lo mejor tienen que irse al campo. Hay un par de hoteles financiados: uno por Naciones Unidas y otro por otra ONG, que acogen a familias o mujeres solteras, que viajan solas, hombres enfermos... a las personas más vulnerables. Y los hombres singlemen van normalmente al campo. El campo es un parque –el de la ciudad de Kos– en el que las Naciones Unidas pusieron cinco o seis carpas muy grandes en las que pueden caber unas cuarenta o cincuenta personas. Y ahí es donde duermen.

     

    Tienen que esperar uno o dos días a que la policía les dé el papel oficial para poder comprar un ticket a Atenas. Si tienen dinero lo compran, sino se quedan por la isla, esperando a que una ONG les pague el ticket o... se quedan aquí.

     

    El tiempo que tardan en cruzar de Turquía a Grecia depende de si el barco tiene motor o van remando. Porque los hay que el motor les dura media hora y tienen que remar el resto. La media estará en tres horas o así. Recuerdo a unos refugiados a los que se les acabó el motor en la primera hora, tuvieron que remar, el tiempo se puso malo y se quedaron sin fuerzas. Y tuvieron que llamar a un amigo suyo que estaba en Grecia. Ese amigo suyo vino a nosotros, nos dijo: “oye, tengo unos amigos que están en mitad del mar, que se han quedado sin fuerzas”. Nosotros le preguntamos: “¿Pero dónde están, qué ven?”. “Ven... pues… una luz roja”, nos dijo. Nos toca buscar una luz roja y decirle a la guardia costera que se coja un barco y se vaya para allá porque hay unos tipos que se han quedado sin fuerza y no pueden seguir remando y están a la deriva... donde sea.

     

    Por aquí alrededor de un cincuenta por ciento –incluso más– que llegan son de Pakistán y de Bangladesh. Y esos nunca salen en las noticias. Los que salen son los refugiados de guerra, que son los que vienen de Siria, Irak o Afganistán, pero de los demás no se habla nada. Y esos son los que llegan sin nada. Porque los de Siria, tú ves que llegan con su mochila... pueden pagarse un hotel si no lo tuvieran... pero lo tienen, porque están en el nivel uno de prioridades, en lo más alto de la pirámide para ser acogidos. Las familias tienen todas las preferencias. Los de Pakistán llegan solos. Son hombres de entre quince y veinticinco años que han viajado desde su país solos, algunos incluso andando todo el viaje... Un viaje de tres o cuatro meses a pata. Y llegan aquí sin nada, ni un duro, sin dinero para pagarse un ticket a Atenas. O sea que están atrapados en la isla.

     

    Hace unos pocos días empezaron a coger autobuses y mandar a esta gente a Idomeni –ciudad del norte de Grecia, frontera con Macedonia– para llegar hasta Atenas, pero solo están dejando pasar a personas de Siria, Irak o Afganistán. Todos los demás están bloqueados. Así que están todos en Idomeni, en un estadio que está a las afueras, en condiciones bastante inhumanas.

     

    Es muy interesante ver las opiniones de los locales de la isla. Ahora todo el puerto marítimo está lleno de refugiados caminando de lado a lado. Y la gente no está contenta porque, por ejemplo, las reservas para el verano que viene están empezando a caer ya, la gente no quiere venir aquí y tomarse un café en frente de alguien que está pasando hambre. Y, en una isla que vive del turismo, esto sienta como una patada en el culo. Hay gente que no los quiere ni ver, que harían así (chasquea los dedos) para que desapareciesen. Por completo. También hay mucha gente que siente pena, pero no hace nada o, como la que forma esta ONG, que dice: “Venga, vamos a hacer algo, vamos a movernos y que por lo menos tengan aquí una estancia humana”.

     

    Los primeros días duermes una media de dos o tres horas diarias. Luego, si te quedas más, te das cuenta de que no puedes, de que eso no es sostenible en el tiempo y tienes que dormir algo más. Pero los primeros diez días todo el mundo está como loco aquí. No paran de hacer cosas. Porque la energía que recibes es muchísima y la adrenalina y toda la empatía es... yo eso no lo he sentido en mi vida.

     

    Jorge Ortiz, voluntario en Kos, Grecia

     

     

    *     *     *

     

    Hay historias que se quedan grabadas en la mente. Había un matrimonio con dos niños pequeños nacidos en Jordania y el marido había perdido el juicio. Habían salido de Siria, huyendo de la violencia del gobierno, y ahora viven en un apartamentito en una barriada de Amman. Fuimos con tres personas: una religiosa, un refugiado eritreo y un iraquí. Los tres nos advirtieron que en esa casa había que entrar con mucho cuidado porque el padre se asustaba en seguida. Cuando entramos, solo vi su cara de terror… la forma en la que su mirada se fijaba en dos personas completamente extrañas, desconocidas. Luego se tranquilizó. Estuvimos un rato hablando con ellos. Me llamó mucho la atención la entereza de la mujer que, con una sonrisa, no dejaba a de decir que ella estaba bien y que era feliz. La verdad es que el tiempo que estuvimos allí el marido pasó por todos los estados. Pasó por el terror, por recibirnos, por el querer hacerse fotos, por volverse a asustar, por abrazar a sus niños… Y a mí me impresionó porque era la primera vez que estaba en una situación así. La primera vez que he visto de cerca el sufrimiento que genera la guerra.

     

    He visto realidades muy distintas, pero todas marcadas por la guerra… He visto familias sirias que han tenido que huir y el padre ha perdido la cabeza por la violencia, por las escenas brutales que ha presenciado. Otros muchos huyen del cautiverio, de la persecución. Una mujer con su marido en silla de ruedas, hay historias de intentos de suicidios o familias con hijos que sufren enfermedades genéticas. Los perfiles de la gente son muy variados, son demasiados. Creo que la idea de venirse a Occidente no es solución para todos. Muchos no pueden, otros no quieren. En ese viaje muchos me dijeron que volverían a sus casas si hubiese paz y posibilidad de vivir en armonía. Que quieren volver allí, a su vida, a su tierra.

     

    Carmen Pedraza, coordinadora de proyectos en Manos Unidas

     

    *     *     *

     

    Ayer leí las noticias del quinto aniversario de la guerra en Siria y salía que había más de tres millones y medio de niños sirios que sólo habían conocido la guerra o el exilio.

     

    África Marcitllach, coordinadora de proyectos en Manos Unidas

     

     

    *     *     *

     

    La travesía por mar desde Turquía a las islas griegas, de seis kilómetros, es denominada El Puente de la Muerte. Hay un poema que escribieron los refugiados:

     

    Ánimo hermano,

    Alá está con nosotros.

    Si tú cruzas el puente de la muerte

    y logras burlarla,

    llegarás a la tierra de la paz,

    que es Europa.

     

    Prefieren morir ahogados en el Egeo que bajo un bombardeo en Siria. Tienen la obsesión por huir de su país cueste lo que cueste, aunque en ello les vaya la vida. Primero huyen los hombres, ya que el régimen de Al-Assad a partir de los quince años les obliga a entrar en el ejército. No es cobardía, es que no quieren que les coja el ISIS. Y, cuando reúnen más dinero, escapa el resto de la familia. Por eso hay más refugiados hombres que mujeres. La población que sale es la que tiene dinero. Los pobres se han quedado en los bombardeos. Es gente joven, con edades comprendidas de entre los veintitrés hasta los cincuenta años o matrimonios con uno o dos hijos, pero no grandes familias. El noventa por ciento de los casos poseen formación universitaria y una experiencia previa en empresas.

     

    Soy autónoma, directora de un centro de enseñanza en Vigo. Todo eso, lo que digo antes, lo veía desde el ordenador y la televisión. Ante el agravamiento y la intensidad, empiezo a buscar algo para ayudar, sin saber de qué manera. Busco a ver que están preparando los gobiernos y veo que no hay nada: hay iniciativas de voluntariado.

     

    Sigo viendo televisión e internet: un matrimonio jubilado, que se dedicaba a la enseñanza, decide ir a la estación de Viena a recibir a los refugiados con termos de café, de leche, bollería comprada… Empiezan a moverse para recibir las primeras avalanchas del mes de agosto. Esta acción germina en más que se adhieren y dan lugar a una red de alojamientos de particulares por toda Viena para estos refugiados. Los ciudadanos empiezan a ofrecer sus casas, cada uno en la medida de sus posibilidades. Se crea Refugee Welcome, que se consolida en Viena y se extiende por el Tirol, Polonia, Italia y Francia.

     

    Pero en España sigue sin haber nada.

     

    Estamos hablando de comienzos de septiembre, cuando aparecen las imágenes de los primeros ahogados, los primeros naufragios.

     

    En Vigo, desde mi Facebook, trato de poner en marcha la misma iniciativa en previsión de que llegasen los refugiados de los que se hablaba en esos momentos. Quería que hubiese una red de ciudadanos preparados para acogerlos e integrarlos cuando llegasen a Galicia. Convoqué la primera reunión, copiando el logotipo de Viena y creé Refugees Welcome Galicia, así, en inglés para que ellos, al leerlo, sepan que desde este rinconcito del mapa se les daba la bienvenida. Asisten inesperadamente sesenta y tres personas que, a su vez, inscriben a un total de cuatrocientos voluntarios.

     

    Paralelamente a Refugees, continué mi labor como activista en la red: apoyando otras páginas, leyendo, intentando contactar con ellos… Comencé a llevar una doble actividad: una en la red y otra en Vigo. Conocí a Amir, un chico refugiado en Bélgica. Un tío de veinticinco años muy inquieto y con iniciativa. Él perdió a toda su familia en Irak. Amir quería trabajar de voluntario conmigo. Yo le expliqué que soy de Vigo, que no había nada montado, pero él insistió. Y es cuando le dimos forma a un proyecto y formamos un grupo de WhatsApp de setecientos miembros con todos sus amigos, algunos nos ayudan desde allí, pero se conectan sólo por la noche, ya que si hay luz por la ventana les pueden disparar o bombardear. Amir lo que hace es coger a sus contactos de WhatsApp y decirles que tenemos un equipo de rescate europeo. Este es el grupo Arab Rescue Team, que aglutina a un gran equipo. A través de este grupo formamos una plataforma de ayuda al refugiado, una red de apoyo al viaje. Lo que hacemos es básicamente el soporte, el acompañamiento y las gestiones necesarias para que vayan lo más seguros posibles.

     

    A este grupo se nos han ido incorporando personas maravillosas. Por ejemplo, un ex capitán de la Marina de Siria de cincuenta y dos años que vive en Alemania. El capitán sabe leer las cartas náuticas, interpretar los mapas climatológicos, la presión de los vientos, las isobaras… Es él quien nos da la climatología por días y por mañana, tarde o noche. Hacemos turnos de guardia. Cuando te toca de guardia, estás online en el grupo y haces el seguimiento de las embarcaciones. Los refugiados cada cinco minutos nos mandan la posición del barco y vas colocando una especie de chinchetas virtuales que permiten seguir su itinerario. Una regla fundamental para su seguridad es que siempre deben de llevar tres o cuatro teléfonos encendidos por embarcación, cosa que antes esto no era así, ya que los piratas les decían que los apagasen para que la policía no les cogiese y deportara.

     

    Otra de las funciones es que, cuando encallan, llamamos al teléfono de los náufragos y les aconsejamos: que hagan fuego, que busquen agua por la zona… Oyes toser, oyes llorar, oyes los llantos de mujeres y niños…

     

    Hay otras plataformas como la nuestra. Hay una que opera desde Estados Unidos, United Rescues, que lo tienen todo mucho más organizado. También, la Octopusi, con incluso motos acuáticas en las zonas afectadas. Lo de la plataforma de ayuda es legal, es sólo salvamento, aunque muchos de los que están allí están teniendo problemas con la justicia. Cuando mandan el SOS, a continuación les preguntamos la situación. Si dicen que es que no hay gasolina o el motor está estropeado tenemos más tiempo de actuación. La prioridad es cuando nos dicen la palabra inglesa sinking (hundimiento). Dependiendo de donde esté la balsa llamamos a la guardia costera turca o griega. Y la peor situación es cuando te escriben: We are lost in the sea (estamos perdidos en el mar). Entonces ya que no podemos hacer nada.

     

    Hay una parte emocional entre que recibes el SOS, te pones en marcha con las llamadas y esperas la respuesta. Hay un silencio en el chat abrumador en el que no recibes ni una línea. Es un silencio agónico. Ahora ya estoy acostumbrada, pero hace unos meses me latía el corazón muchísimo. Podía haber muertos, pero ahora he aprendido a que, si los hay, no puedes hacer nada más, no depende de ti. A nivel emocional esto te agota, ya que eres tú la que tiene que decidir a quién salvar y a quién no. Cuando hay varios náufragos en el agua, cuando lo ves boca abajo a ese no le cogen porque hay que pararse mucho y lo dejan que se ahogue para salvar a otros que tienen más oportunidades. Muchos se mueren, pero hay que contarlo, he aprendido a verlo con cierta distancia, aunque por supuesto me sigo emocionando.

     

    Muchos de los refugiados no hablan inglés y nos cuesta entendernos, por eso utilizamos emoticonos. Nunca me imaginé que los emoticonos de WhatsApp servirían para transmitir tantas emociones de verdad, a través de ellos sé lo que están pasando mientras hacen el recorrido: rabia, dolor, lamento, tristeza, desesperación, miedo, felicidad…

     

    He visto de todo. El primero de este mes se ahogó un bebé. Hace unos días, un bote se estrelló contra las rocas… esto es el día a día. Los bebés son los que primero se mueren. Van en los regazos de sus madres, en el medio del bote y, como pesan poco, al llenarse de agua no tiene capacidad de levantarlos, ya que por arriba hay gente y por abajo agua. Muchos llegan a la costa muertos en brazos de sus madres.

     

    En las últimas semanas están dándose casos de secuestros al llegar las embarcaciones a la costa. Hace tan solo unos días, desapareció una niña llamada Tala. Hubo una avería en el barco en aguas turcas. La guardia costera fue a rescatarles. En el bote viajaba Tala con su madre. A la niña la ayudó un refugiado que iba dentro de la propia balsa que las llevó a tierra firme, pero cuando la madre llegó, ni la niña ni el hombre estaban. La madre lleva un mes recorriendo todos los hospitales de Turquía y se niega a salir de la playa. Es como si hubiese enloquecido. No sabemos quiénes son las personas que están raptando, aunque creemos que es un pirata infiltrado y un joven marinero. La denuncia está presentada en la policía, pero como son sirios y no turcos no pueden hacer nada. Parece todo una película de terror, pero esto pasa y muchas cosas ni siquiera salen en los periódicos. Los sirios no tienen país, no tienen identidad.

     

    Lo más angustioso desde aquí, a miles de kilómetros de distancia, es cuando tenemos una situación de emergencia y se abren varios privados en los que me preguntan que ¿qué hacemos, sister?, como ellos me llaman. Yo desde el sofá de mi casa, en una esquinita del mapa de España, en Vigo, tomo decisiones en las que se juega la vida un montón de gente. Cuando lo conseguimos, la alegría es tal que no puedo describirla…

     

    Ángeles de Andrés, voluntaria

     

     

    *     *     *

     

    Yo acogí a dos familias de refugiados en mi casa. En muchos casos son familias enteras, donde hay niños, hay personas mayores… Uno de los que yo conocí, por ejemplo, había tenido que pasar la frontera de Marruecos a España dentro de una maleta, otro dentro de un cubo de basura… Son situaciones horrorosas y los niños son una esponja absorbiendo todo esto. Y también está el problema de educación: son niños que llevan tres, cuatro, cinco años en camino, con lo cual el tema de la educación, que es fundamental a estas edades, es imposible… es casi utópico. Pero también son niños, y tienen una capacidad de absorción no sólo de lo malo, sino también de lo bueno.

     

    Recuerdo el caso que me tocó en casa, del día que me dijeron que venía una de las familias. Yo estaba preocupado porque hubiera mantas para todos, porque hubiera tazas… me preocupaba por lo material, por tener comida, por la calefacción… Y de golpe, el mismo día que llegaron, mi compañera apareció en casa y trajo algo en lo que yo no había pensado: juguetes para los niños. Y la cara se les cambió… son niños y lo que necesitan es dejar de pensar en viajes. Lo que quieren es lo que todos necesitaríamos en un momento como ese, que te den cariño.

     

    Cuando llegó la segunda familia hubo un detalle que me llamó mucho la atención: en casa teníamos dos plantas y la señora entró, las vio, y se puso a llorar. Le recordó a su casa. En su casa ella tenía un jardín con plantas… Dijo que hacía mucho que no veía una planta.

     

    Pablo Pampa, voluntario de la Red Solidaria de Acogida

     

     

    *     *     *

     

    En Líbano estuve en un asentamiento en el Valle de la Bekaa. Allí hay unos paisajes preciosos, es un país caluroso incluso en invierno. Hizbolá estaba combatiendo al estado islámico a unos kilómetros en un paso de montaña en la frontera, escuchábamos la batalla y pasamos algo de miedo. Recuerdo a una señora que miraba a las montañas y decía “allí está Siria, mi pueblo está detrás de las montañas. Pero nunca voy a poder volver”.

     

    Esa sensación de no poder regresar se repite por todas partes. He estado en Líbano, Jordania y Melilla, primero en 2013 y luego en 2015. Las cosas han cambiado bastante en esos dos años. La primera vez los refugiados eran rebeldes contra el régimen de Al-Assad, luchaban en la Guerra Civil siria. Estaban muy cabreados, no entendían que Occidente no les apoyara, pero te recibían bien porque les interesaba que se contase lo que decían. En 2015 el ambiente era otro. Había dos clases de refugiados, los que ya estaban en 2013, que huyeron de Al-Assad y siguen siendo críticos con Europa, y los que han estado viviendo en zona de guerra varios años. Los segundos han vivido más violencia y se muestran más agradecidos. Ya habían sufrido al estado islámico, que es más violento, pero el bando de Al-Assad ha matado al noventa por ciento de las víctimas. Es un hombre que disolvía manifestaciones disparando desde aviones. Ellos lo recuerdan.

     

    En Jordania estuve en Zaatari, un campo de refugiados que llegó a ser la cuarta ciudad del país en población. Nunca vi algo parecido. Entraban mil refugiados al día, en la puerta había cientos de personas entrando y saliendo levantando una polvareda, los soldados gritando. Era un caos. Además, tenía una superficie de gravilla y tierra muy clara, blanquecina que cuando pegaba el sol, es decir, casi siempre, provocaba un reflejo que impide casi abrir los ojos. El campo estaba organizado en distritos para mantener un control, pero los refugiados lo rompían. Los que llegaban querían estar cerca de sus familiares, desmontaban sus tiendas y se iban al centro. Aparecieron líderes en los distritos, los organizaban por su cuenta y la ONU tenían que hablar con ellos antes de hacer nada. Cuando yo llegué, acababan de desmantelar unos baños que habían puesto el día anterior, todo porque los dirigentes del campamento no hablaron antes con el líder de ese distrito. Allí te encontraba familias de clase media que habían vivido como tú y como yo, pero en unas pocas semanas se veían durmiendo al raso sin saber qué iba a ser de sus vidas. No querían quedarse y se iban del campo aunque no tuvieran a dónde ir. Los niños pasaban el día sin ir a la escuela, hicieron pandillas y a veces se ponían algo violentos, todo el tiempo vagando por allí, llenos de polvo.

     

    En 2015 volví a ir y estaba mejor organizado. La ONU y Médicos sin Fronteras consiguieron mucho en esos dos años. Entonces ya había hospitales y colegios, cibercafés y todo tipo de comercios, incluso contenedores amueblados con huertos. El campo está mejor integrado con Jordania. Sin embargo, los refugiados están peor. En 2013 no sabían qué iba a ser de sus vidas, pero tenían esperanza. Ahora hay un sufrimiento constante, depresiones. Te dicen “estoy como dormido”. Tienen allí su vida parada y asumen que no volverán a Siria. Si vuelven, saben que no será la Siria en la que vivían antes, no recuperarán sus vidas ni su hogar. Cuando estuve en Líbano noté lo mismo. La primera vez miraban a Siria, querían volver, ahora miran a Europa. Allí hay un millón de refugiados, son un cuarto de la población del país. Es un problema poblacional muy grave, además no tienen campos, los refugiados viven en asentamientos o en las ciudades y los libaneses se quejan porque ha subido el precio de los alquileres y les quitan el trabajo.

     

    Allí también encontrabas de todo, mujeres violadas y niños sin padres. Pero hay algo que llamo el sufrimiento no obvio y que me parece más duro. Había un padre que tenía a toda su familia yendo al psicólogo, pero no tenía dinero suficiente para ir él. Ellos sufren estrés postraumático y ansiedad, pero muchos no pueden tratarse. Nosotros no toleramos el sufrimiento, lo paliamos como sea, pero ellos no pueden. Viven con un sufrimiento constante, no tienen esperanza ni ánimo. Lo asumen.

     

    Te impactan los detalles. Lo que peor llevas es ver sufrir a los niños. Por ejemplo, si estás con tu sobrino y se le posa una mosca en la cara, se la quitas corriendo. Allí los niños están rodeados de moscas, a ti te puede, pero para ellos es normal. Te das cuenta de que es el menor de sus problemas. Es difícil de encajar.

     

    Ellos tienen que salir adelante a pesar de todo este sufrimiento, y los sirios son gente muy dura. Tienen su día a día y cuando pueden se evaden, les sirve cualquier cosa. A veces escuchan música de su hogar, pero les acaba recordando a lo que han perdido y se hunden de nuevo. Cuando están contigo hay tristeza, porque les pides que recuerden.

     

    Cuando estuve en Melilla me encontré otras cosas. La situación es diferente porque los refugiados están de paso, no viviendo. Aunque hay otros problemas. Las mafias que los llevan hasta allí les dicen que necesitan comprar pasaportes falsos para poder llegar a Alemania, pero es mentira. A veces la policía marroquí participa en la estafa. Es un sitio curioso, los sirios salían del CETI por las tardes y se tiraban a descansar en los descampados de alrededor. Algunos comían, otros tomaban té, otros encendían fogatas. Los descampados se llenaban de familias que charlaban y reían. Justo al lado, pegado, están el campo de golf y el aeropuerto. Cada hora un avión despega o aterriza y sobrevuela a los refugiados. Yo pensaba en el contraste entre la increíble odisea de alcanzar Europa para los refugiados y lo inmediato que era para mí coger un avión y plantarme en Madrid.

     

    Nacho Carretero, periodista

     

     

     

     

    (*) Este reportaje fue elaborado por los alumnos de la promoción 2015-2016 del Máster de Periodismo ABC / Universidad Complutense de Madrid formada por  Álvaro Bermúdez Caballero, Lucía Bretón, Elena Calvo, Esther Blanco, José Luis Espinosa, Rocío Fernández de Buján, Gema Fernández Conty, Álvaro G. Colmenero, Jutzenny García Milano, María González Rodríguez, María Jesús Guzmán García, José Luis Espinosa, Lorena López, Adrián Mateos Nebrera, Ade Palomar y Cristina Veganzones dentro de la clase El arte de la entrevista, que imparte la periodista María Fernanda Ampuero.

     

     

     

     

    Artículos relacionados:

     

    “No vengáis a Europa”. Lecciones incómodas de la crisis de los refugiados, por Ignacio Gil

    “En Siria no se puede respirar”. Imagina que tu nombre es Said. Imagina que tu nombre es Raghida, por María Fernanda Ampuero

    La cuarta puerta. La niebla moral de Europa ante los refugiados, por Alfonso Armada

    Siria: un testimonio, por Lino González Veiguela

    Diario de un viaje a Siria, 1, por Marc Marginedas

    ¿Erratas o imprecisiones? ¡Escríbanos!

    CAPTCHA
    Rellene el código de la imagen / Resuelva la operación matemática

    Compartir

    ImprimirImprimir EnviarEnviar
    Inicie sesión o regístrese si quiere identificar sus comentarios.

    Comentarios

    Enviar un comentario nuevo

    El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
    • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.

    Más información sobre opciones de formato

    CAPTCHA
    Rellene el código de la imagen / Resuelva la operación matemática

    (*) Campos obligatorios

    Al enviar tu comentarios estás aceptando los términos de uso.

    ISSN: 2173-4186 © 2021 fronterad. Todos los derechos reservados.

    .